El padre considera de suma importancia para la vida terrestre humana que Kris escuche personalmente al testigo más importante, y que experimente de manera personal y directa el misterio cósmico en donde intuye que el hombre es rebasado e invitado a sobrepasar su propio ser autolimitante.

El misterioso océano se evoca en la película, primero, acompañado por el silencio; después, por una música sagrada. Esos vectores sonoros se integran visualmente con el elemento del agua, la sustancia del océano. Lo extraterrestre se liga con lo más central y originario que hay en la tierra. De ese modo lo cósmico universal se une con lo específico terrestre y asume líneas de significación que unen al océano con el motivo multivalente del agua en la zona paterna. Todo lo que vale para el hombre tiene una relación interior con el elemento del agua, si lo referimos al océano cósmico bíblico sobre el cual, en los orígenes moraba el espíritu creador.

El hombre de la ruptura antropológica y ontológica niega teorética y prácticamente, en su poder donante aquello a partir de lo que vive.

El padre quiere que su hijo sane esta ruptura, el Concejo quiere que Kelvin la confirme como algo final.

Kris tiene que restablecer una jerarquía verdadera en sí mismo, entre esas dos bases conflictivas desde las que opera.

Como él no puede hacerlo a partir de lo que él mismo se ha vuelto, el océano le ayudará a reconciliarse con lo que queda en él de su ser anterior. La gracia de una primera donación que sigue siendo en él receptora de lo otro a pesar de estar marginada.

Veamos ahora cómo Tarkovsky esculpe en el tiempo dramático de Solaris esa lucha de naturaleza espiritual, pero conceptualmente articulable, contra aquello que del tiempo (en su exclusiva configuración mental moderna) nos arranca de nosotros mismos. La dinámica propia del océano de Solaris inducirá la lucha interna del alma para que ésta llegue a su vértice en las relaciones que se viven frente al océano y en su cercanía.

Esa lucha es la parte más extensa del film y pide un detallado análisis, pero no podría empezar, ni mucho menos llevarse a cabo, si no fuera por aquello que el protagonista recibió como gracia. Nunca hay futuro sin una auténtica integración de una medida de normatividad continua que nos entrega a nosotros mismos desde la fecundidad de un pasado de donde a fin de cuentas salimos a la luz.

El océano confronta a Kris con la parte de sí que excluyó, negó y no supo aceptar, integrar y amar. Se trata de la reencarnación de su mujer. En ella vemos la cara femenina del océano, también la cara femenina de la razón, bajo la escisión imperante de la que el océano sufrió por parte de los científicos, una agresiva irradiación masiva.

La evolución en la actitud de Kelvin se refleja dramáticamente en su cambio de actitud con el ser oceánico representado por Hari, que en boca de Kelvin va adquiriendo un estatuto cada vez más humano. Kelvin llega incluso a afirmar tres veces ante Sartorius, el científico más irredento, que no es un ser reductible a una configuración de neutrinos, que se trata en verdad de su mujer, aunque admite científicamente (lo que es cierto) que su carne y su sangre no son molecularmente orgánicas.

Al inicio del viaje de Kelvin vemos sólo sus ojos encuadrados, como si estos fueran su ser entero. Kelvin se dice todavía a sí mismo que va a observar sin dejarse afectar por la fantasía. Al llegar, tropieza con el lazo de su propio zapato. Con la mano lo vuelve a amarrar. La primera cosa que observa después, en la desolada estación, es un cortocircuito. Con la mano lo desactiva. Viene como ojo-objetivo, regresará reintegrando su ser-ojo a su ser-mano. Las dimensiones más corporales con las cuales uno por lo regular, se implica con las cosas. Kelvin terminará siendo brazos alrededor de un padre y ojos escondidos en su regazo. Primero aprenderá a abrazar, a consolar a su mujer. Ella es la que su razón puede, si quisiera, reducir a neutrinos o reconocer como un “otro” normativo para su libertad en cuanto otro.

Antes de la llegada de Kelvin, el océano había reaccionado a la agresión de los solaristas operando en ellos la imposibilidad de esconderse de su mala conciencia. Por ello, los solaristas tenían que enfrentarse sin remedio con los seres que encarnaban lo peor de sus intenciones o ideas presentes o pasadas. Así, empezaron a huir el uno del otro para terminar encerrándose con su vergüenza.

Gibarían, uno de los científicos, se suicida. No tanto por vergüenza, sino por falta de esperanza delante de esta vergüenza, dirá Kris. El primer momento en la evolución de Kelvin es su reacción personal y comprometida con ese amigo muerto. Su primera postura auténtica es su postura ante la muerte.

Después de enterarse del fin de su colega, mira hacia afuera. No ve nada, el océano está oscuro. No es mágico ni milagroso: es la natural y periódica noche orbital, pero la coincidencia es significativa. Como una correspondencia que contrasta con los ojos de Kelvin que al inicio del viaje aparecen encuadrados, entramos dentro del círculo de la ventana en un close-up cada vez más amplio sobre la oreja de Kelvin. Delante de la muerte frente a la cual no queda nada por observar, el hombre decide entrar en sí mediante la escucha, con el fin de “ver” si hay algo que a través de la muerte todavía le hable. El ojo observador que decide qué ve, cuándo lo ve y hasta cómo lo ve, frente a la oscuridad de la muerte tiene la posibilidad de que algo le sea dicho, de oír algo que viene de lo que el “otro” le quiere revelar. Puede que sea el otro que trae dentro de sí y que le habla a raíz de que ha aceptado que ya no puede ver nada detrás de la muerte.

Gibarían será sepultado en su tierra natal, según su último deseo, así lo asegura Kelvin al contrariado Sartorius.

En cuanto hijos de una cultura judeocristiana, Roma que suple a Grecia, somos, como griegos, ojos atentos a la belleza de un cuerpo, y como hebreos, orejas atentas a la bondad de una palabra.

Sartorius reclama que Kelvin ya no se comporta como científico: “Piense ahora -le dice- solamente en su deber con la verdad. Debe acostumbrarse. Usted es demasiado sensible”. Kelvin le responde que su valor le parece demasiado inhumano. En ese momento el océano gira, la rotación orbital coincide con la evolución interna que se deja entrever en el esplendor multicolor que llena la pantalla. Cuando Kris se aparta del científico, el océano se vuelve hacia él y Kelvin comienza a dormir.

El sueño, ese periodo cotidiano que es ausencia de dominio sobre la vida por parte de la razón e inmersión en lo onírico inconsciente, es algo que una razón que se vuelve ética empieza a integrar al querer abrirse a un sentido ulterior que queda por descubrir, no por instaurar. Por ejemplo, el saber cósmico de los presocráticos se vuelve ético con Sócrates y así, lo onírico reaparece alegremente con él; en el discurso desmitologizador, mismo que la filosofía suele manejar, lo onírico empieza a funcionar en cuanto onírico de manera racional ampliada (lo vemos por ejemplo en el “Pedro”). La razón se entrega, como razón, al sueño gracias a una aceptación que se compromete con lo mortal que el hombre ético osa reconocer en él. Apelamos aquí al mismo Sócrates el día de su muerte tal y como nos lo relata el “Fedón”.

Justamente a través del sueño de Kris, el océano asumirá y le entregará de nuevo lo mejor de lo que una vez hubo en la vida de Kelvin y, como invitación a una reanudación personal con esa mejor parte de sí, le restituye a su mujer muerta. Ella se suicidó a raíz de un prolongado descuido por parte de Kris. El océano invita a Kris a reestablecer lo que se rompió entre cosmos y tierra mediante el revivir de una relación humana fallida a fin de que la reintegre en sí mismo de manera positiva: aceptar su culpa en esta muerte y darle sentido ahora en un reencuentro redentor de lo aparentemente irremediable.

Hari, por su parte, hace manifiesto el lazo identificándose en el espejo delante de Kelvin con la foto de la difunta Hari. Pero a las preguntas de ella: “¿Quien soy?” y “¿Me quieres?”, Kelvin todavía no se abre y responde:

“Qué pregunta tonta, como si no supieras” y la saca de nuevo de su vida enviándola al espacio. Con este acto él se quema literalmente.

En la siguiente conversación con Snaut (“Todo está bien si regresa lo que uno una vez conoció, pero ¿qué pasa cuando aparece algo que nada más pensó?”), Kelvin se da cuenta de que el océano no quiere castigarlo, que más bien le da la mano y que reaccionar con angustia no tiene sentido. A la siguiente aparición, Hari inquieta le dice que en la cabina todo está muy oscuro. Él le responde: “No temas, ven”.

Hari, la conciencia de Kris hecha mujer, no puede dejar de seguirlo. Ni ella ni él lo saben, lo que ocasiona otro accidente: Hari se hiere mortalmente al irrumpir con sobrehumano poder a través de una puerta metálica que se cerró accidentalmente cuando Kris salió del cuarto. Kris la cuida y ella se recupera de inmediato.

Sartorius, a raíz del sorprendente fenómeno de regeneración de Hari, propone a Kris proceder a un experimento con ella, presentándole aquello como un prometedor paso en la resolución del problema de Fausto: conquistar la inmortalidad terrestre. Kelvin equipara tal acto con la amputación de una pierna y le responde: “Tú no eres culpable. Yo sí me siento culpable”. Kris ya sabe juzgar acertadamente a los hombres, pero se da cuenta de que Sartorius ni siquiera tendría acceso a una fuente de entendimiento como la culpa.

Después de esa opción neta y pública por Hari, Kelvin toma la iniciativa de querer conocerla mejor y le enseña la película casera en donde ella aparece un instante. Cuando Hari responde: “No me conozco a mí misma”, Kelvin frente al espejo, se acerca a ella para ayudarla a reconstruir su identidad, a darle una memoria humana.

Ella enfrenta a Kris con su culpa reprimida al decirle que la otra mujer en las imágenes (la madre de Kris) la detestaba y que ella, Hari, no contaba. Le deja entrever que él no quiso alejarse de un vínculo edípico, lo que le impidió optar por ella en contra de su madre que la aterrorizaba. En respuesta, Kris le miente; después acepta decirle parte de la triste verdad que, según él, sólo tenía que ver con ellos. Sobre la parte que su madre tuvo en esto, guarda silencio.

Sartorius quiere enviar al océano el encefalograma de Kelvin. Kelvin le confía a Snaut su opinión sobre ese plan: “De nuevo una locura sobre la grandeza de la ciencia. ¿Y qué pasa si yo la quisiera [ a Hari ] muerta? Confía en el plasma [oceánico], ya penetró en mi alma”. Kelvin ya no quiere que Hari se vaya. Al dirigirse con Snaut a donde se encuentra Sartorius, regresa repentinamente sobre sus pasos dándose cuenta de que Hari tiene que sufrir por no querer seguir a Kris, a fin de dejarlo en paz con su conciencia de la cual ella es el recuerdo vivo. La encuentra muy dolida en la cama a causa de su resistencia para seguirlo. Kris se arrodilla por vez primera delante de ella y le pide perdón. A esta petición el océano responde y se contrae sobre sí mismo.

Desde entonces, y siempre más explícitamente, Kelvin le confesará su amor.

Una vez, durante una inquietud nocturna de Hari que le pide que le cuente algo sobre su mujer, Kris responde: “Ella sentía que yo no la quería de verdad. Pero a ti sí te quiero de verdad”. Hari a su vez le confiesa su amor y se entrega al sueño.

La última confesión se realiza delante de Snaut y Sartorius en la biblioteca. Hari dice a Sartorius que Kris la ama. Sartorius molesto, sale, luego Kris acompaña a un Snaut borracho a su cabina y por primera vez, sin sufrimiento, Hari se queda sola. El sitio es la biblioteca, lugar en el que toda confesión humana pública tiene la forma perdurable de un libro. Al igual que la estatua, la pintura y la música, la biblioteca es testigo de un amor vinculante y, más allá del tiempo que sólo pasa, le da forma humana de memoria, disponible para siempre a la conciencia.

Hari contempla las pinturas murales de Breugel, las asocia con la película sobre la infancia de Kris y, cuando él regresa, le dice: “cariño, me quedé pensativa”. En la biblioteca, gracias al amor de un hombre, junto con el amor de otros hombres que se entregaron en sus obras, las emociones y pensamientos de Hari se vuelven enteramente humanos, desligados de la inquietud, libres y disponibles a una belleza y a una bondad ya no reprimidas, sino expresadas para formar un mundo humano en donde el hombre está consigo mismo estando con ellas. ¿Qué tipo de Touring Test podría ahora distinguir a Hari de una mujer de carne y hueso’?

Nada pesado separa ya a Kris y a Hari en el momento orbital en que la estación entra en una zona sustraída a la gravedad y los hace flotar juntos, libres en medio de un patrimonio humanista, acompañados por la gentil luz de un candelabro y de un libro. De nuevo vemos imágenes en donde el océano parece moverse en su foro interno y se contrae más sobre sí mismo. La unión de entendimiento (lo que es más que lograr contacto) se estableció por un reencuentro verdadero con el amor, corporalmente vivido entre un hombre y una mujer.

Después siguen las secuencias en las que Hari trata, por amor a Kris, de suprimirse a sí misma, dado que él decide no regresar a la Tierra para quedarse a vivir con ella en la estación, único lugar en donde su configuración material queda estable. Hari sabe que el lugar en donde Kris tiene sus asuntos es la Tierra, por eso bebe oxígeno líquido. Kris le dice que no irá para vivir con ella. En y a través de la voluntad de Hari por desaparecer, el océano muestra a Kris su amor por el hombre que se asume en todo lo que es

Ahora, en el momento en que Kelvin se da cuenta de que ni siquiera inconscientemente quiere que Hari se vaya, acepta la proposición de Sartorius de enviar al océano su encefalograma. El envío del encefalograma ya no se puede considerar como un mero experimento científico (como lo concibe Sartorius), sino como un signo de la completa entrega de Kelvin a la vocación de ser hombre en su dimensión cósmica y espiritual, arcanamente llamado desde la Bondad, que irradia el fondo de las cosas.

Kelvin entra en un tipo de éxtasis de unión con el océano mediante la entrega de sí mismo a Hari. En su fiebre alucinatoria por los pasillos está a punto de caer en el suelo como cuando llegó a Solaris. Snaut y Hari lo sostienen y el océano inunda el pasillo con su deslumbrante luz.

Al despertar de su trance místico, Kris encuentra que Hari ya no está. En reacción a la devoción y al sacrificio de Hari, en Kris culmina interiormente una profunda trasformación. Si el primer suicidio de Hari fue por despecho o por tristeza, el segundo es redentor. Así, Kris se encuentra en condiciones de aprender de él y hasta de aprovecharlo.

Ya no regresa a su anterior desesperanza que lo llevó a ser el Kelvin del inicio de la película: el hombre absorbido en la estéril autocompasión. Ahora se encuentra libre para responder a una nueva misión que percibe con claridad: regresar a la Tierra y estar en ella como si fuera la primera vez.

La resolución del misterio de Solaris está en un reporte no escrito sobre la no mundana eficacia del amor redentor. Kris ni siquiera piensa en entregarlo al Concejo Espacial.

Está escrito en su alma y lo entrega, como si se lo entregara a sí mismo, a su padre.

En Solaris, al ya no enfrentarse a lo dado mediante una reordenación metódica a priori, Kelvin descubre el camino de regreso hacía su ser humano más propio. Trasciende la razón instrumental para coronarla con una razón activamente abierta al sentido más amplio de las cosas. Kris descubre al ser humano como un camino fundamentalmente ético de unificación con todos sus presupuestos vitales. Un camino que lo lleva, a través de la vivencia y de la afirmación, a lo que esto implica de inevitable sufrimiento y muerte de sí mismo. Concesión a morir a cuanto ese sí mismo arrastra inercialmente todavía de inmediatez, lo que pide una mediación efectiva y penosa.

Lo logra en una confirmación suya de la dimensión del don y de la gracia, constitutivamente primera e innegable, que le permite emprender un camino liberador de interiorización de todas las capas universales y particulares de su ser temporal.

Esos vectores integradores en la mediación de un yo moderno hacia un sí mismo posmoderno, pero de nuevo abierto a la primacía ontológica de una totalidad fundada en la razón, son la memoria voluntariamente ética, el trabajo confiado al sueño (elaboración onírica como traduce Ballesteros el concepto Freudiano de träumarbeit) y a la disposición a la entrega mística, que empieza con la escucha del otro en cuanto otro en toda la extensión del término.

Un camino del Eros integrador en la más pura tradición filosófica occidental que va de Platón hasta Freud y Rilke.

Todo esto en Tarkovsky se cumple y se corona en, y por una última dimensión icónica referencia!: el regreso del hijo que desde que se reconoce como rebelde llega a aceptarse como pródigo, perdido, necesitado de perdón y de acogimiento.

En un inequívoco guiño al famoso cuadro de Rembrandt que está en el museo Hermitage de San Petersburgo, “El regreso del hijo pródigo”, Tarkovsky termina su película dejando a Kris Kelvin abrazar a su padre que ahora reconoce claramente referido a su elemento nativo, el agua de vida, el agua oceánica primordial sobre la cual voló en los orígenes el Espíritu de Sabiduría.

El camino de Kris es el del verdadero retorno erótico al principio de realidad y de exigencia ética que tiene rostro humano, el retorno al padre normativo. Normativo porque es libre dador de todo.

Ahí, frente a él, se arrodilla de nuevo y se sabe acogido.

Este camino de conversión le permite integrar, mediante una superación amorosa y creativa, los restos perturbadores de su Edipo.

Kris reconoce que la dimensión dominante del principio de placer (representado por el lazo exclusivo con la madre que fue fatal para Hari) le cerró el crecimiento humano en plenitud y lo hizo volcarse hacia una razón estrechamente instrumental, pues su “yo” necesitaba defenderse agresivamente contra las dimensiones oscuras y profundas de la vida mediante la instauración de un mundo tecnológicamente manejable según el antojo deseante y sin rumbo ético.

Poseer el cosmos, esquivando al padre y a la esposa, era un digno sustituto inalcanzable de la madre, igualmente inalcanzable.

Al final, Kelvin sigue siendo un científico (continúa vistiendo su gruesa chamarra de cuero protector) porque a fin de cuentas esa parte de su personalidad también es una parte válida de su persona. Pero ahora lo que sabe de ciencia lo sabe solamente en cuanto respuesta parcial en un marco más amplio de preguntas iluminadoras sobre un misterio sin término.

El científico se ha vuelto sabio.

En su última conversación con Snaut dice: “Uno ama lo que puede perder: a ti mismo, a tus seres queridos, a tu patria”. En cuanto al saber humano, afirma: “Preguntar es querer comprender, pero las grandes verdades necesitan secretos protectores: la felicidad, la muerte, el amor”.

El evasivo y dual Snaut, quien nunca optó fundamentalmente pero que tampoco se cerró ciegamente, le replica en su modo usual, escéptico, lo que lo delata como el eterno sabio a medias: “Tal vez tienes razón. Pero lo mejor es no pensarlo”. Y Kelvin, decidido, le responde: “Pensar en esto es lo mismo que conocer el día de tu muerte”.

Alguien que supo reconquistar la vida como un don en todos sus sentidos puede también hacer suyo un horizonte de sabiduría última y positiva en su ineluctabilidad, porque queda referido a un marco de fe trinitaria (“La Trinidad” de Roublev aparece en la casa y después sobre la pared de la cabina de Kelvin) por la que nada significativo se puede perder.

Tal vez la última frase sapiencial de Kelvin podemos reformularla con una mayor amplitud tradicional de esta manera: “Hombre, porque ahora puedes con toda razón abandonarte, reconoce que eres mortal”.

Se podrían aportar todavía muchos más elementos semánticos a este esclarecimiento sobre la consistencia filosófica de una narración cinematográfica que se propuso “esculpir en el tiempo” contra el tiempo presente.

Ni siquiera hemos tocado el asunto fundamental: la manera sintáctica según la cual Tarkovsky compone con medios cinematográficos propios los significados lógicamente internos de un “argumentar metafísico sobre el ser mediante un esculpir en imágenes hechos de tiempo” (como lo son el encuadre, la composición dinámica dentro del encuadre, el montaje secuencia! dentro del ritmo que le viene conferido por la manera en que fluye el tiempo en cada imagen cinematográfica).

Pero quizás esto que he dicho baste para contender contra la autoevaluación negativa que Tarkovsky tuvo sobre esa obra que consideró la menor de las siete que realizó. En Solaris expuso de manera más contundente y amplia lo que implica una filosofía “sobre el cinematógrafo” como arte de esculpir en el tiempo. Se trata de concebir imágenes con mente y corazón lucidos que junto con la sustancia del ser mismo, que es el tiempo de nuestra finitud, se oponen al tiempo en lo que del tiempo necesita detenerse y retenerse, para que la parte no lleve del todo al olvido; para que el sentido no quede amputado de su plenitud que desde siempre se dejó vislumbrar como fin en amulo inicio sin término.

Georges Voet, “Andrei Tarkovsky: un pensamiento esculpido contra el tiempo. Claves filosóficas de su obra”, publicado en Revista Ixtus. Espíritu y cultura. Año X, No. 39, 2003.