Adriana está en Madrid. Lejos de mi. Donde no puedo tocarla. Donde no puedo buscarla. Donde no puedo hablar con ella. Hablábamos mucho de cine.

 

Pero eso se terminó.

La extraño.

 
El último día que disfruté con ella divagamos acerca del lenguaje, de la narración cinematográfica.

 

Confundimos, le digo, la “narración” cinematográfica con el equivalente a la prosa narrativa en literatura. Esto nos hace concluir equivocadamente que una película debe contar una historia; es como hemos aprendido que el cine debe ser.

 

No importa que el cine tenga sus propios recursos, sus propias formas, su propias reglas gramaticales, éstas siempre se ponen al servicio de una historia, de la acción, del desarrollo de personajes; un pie en el teatro, el otro en la novela o el cuento.

 
Tengo la tentación, le sigo diciendo, de tomar la cámara, colocarla en cualquier punto y comenzar a filmar. Filmar un ensayo; una historia donde no haya acción, donde no exista el conflicto, pero si narración. No documental, no ficción, ningún género. Simplemente imágenes y sonidos que cuenten algo, si, pero de una manera propia del cine, de tal forma que una película tenga la misma problemática de ser pasada a una novela como lo es al revés.

 
La gente no iría al cine, me dice.

¿Qué le contesto? No puedo debatir esa hipótesis porque no conozco las reglas de ese, su mundo hipotético.

 
En silencio repliego mis tropas, pero al mismo tiempo mando otras…
Lograr, entonces se me ocurre, que la forma sea inseparable del discurso, que uno no pueda pensar una película sin tal o cual movimiento, sin tal o cual transición, sin tal o cual encuadre o sonido.

 

Pensar el cine de Tarkovsky, de Raúl Ruiz, de Hitchcock, de Pasolini, de Orson Welles de una manera contraria, es no pensarlo.

Son autores que decidieron ser cineastas. Cuando quieren hacer teatro, montan una obra de teatro; cuando quieren escribir poesía, toman un pedazo de papel y escriben. Pero cuando hacen una película… Ellos se dedican al cine en gran medida por sus posibilidades formales. No les interesa más el desarrollo de la historia que la forma en que la cuentan.

El asesinato de Arbogast en Psycho es tan fuerte en tanto los encuadres que decidió Hitchcock para narrarlo. No es la acción en si (¿cuántos asesinatos no se han visto en cine?), es la forma en que está contada. No es lo mismo ver el planosecuencia de apertura en Touch of Evil con la pista sonora escogida por la Casa Productora que con el sonido escogido, editado y mezclado por Welles. La historia de Juana de Arco es la misma ya sea contada por Luc Besson, por Rosselini o por Dreyer. Es la forma donde esta historia adquiere dimensión, independientemente de quitar tal o cual personaje, de decir tal o cuál diálogo, etcétera.

 
Le cuento a Adriana después, una experiencia que me viene a la mente:

Cuando estudiaba hice un corto, el sendero que queda. Mi idea original era mostrar a una madre intentando amamantar a su hijo mientras esperaba que el tren pasara.

Ya. No más.

 

Independientemente de lo que había en mi interior para querer contar eso, lo que me interesaba era buscar la forma, cómo contarlo. Quería crear un evento cinematográfico, indisoluble entre el qué y el cómo, así como también entre la forma y el fondo (digamos, el mensaje personal). Para mi era parte de mi proceso de crecimiento (siempre he creído que cada quien tiene derecho a acercarse al cine como le dé la gana), de una forma de entender el cine de manera personal.

Sobra decir que lo que fuera importante o no para mi, para mis profesores no era relevante.

 
Nunca pude realizar el corto como yo quería. Había que meter conflicto, un choque de voluntades; el personaje debía desear algo y algo más debía impedírselo. (Dramática 1 0 1).
“El cine no puede ser poético”, me dijo Mitl, “debe contar algo. Si no, no filmas”, sentenció. “No quieras ser Tarkovsky” (Estaba en mi primer año de escuela, pero jamás había visto una película de Tarkovsky, debo confesar)

 
A partir de ese momento no pude quitarme la impresión de que mi escuela era como una especie de cuarto 101, y su plantilla de profesores, la policía del pensamiento. No había esta necesidad por fomentar la creatividad del alumno, sino un deseo de demostrar que ellos eran los Maestros, los Iniciados en la realización, los poseedores del secreto.

 

Igual, nunca filman, pero tienen el secreto.

Y lo poco que filman, tampoco es objeto de mis elogios (percepción meramente personal, habrá alguien a quien le guste su trabajo no lo niego; lo que es más, lo respeto). Esta actitud se va permeando en el alumno, poco a poco: después de un tiempo, también nosotros los alumnos y egresados nos creemos poseedores de la forma, de un lenguaje secreto que nadie más que nosotros entiende.

 
Martí (un mi compañero) me decía: ” te tomas esto del cine demasiado en serio. filma lo que te dicen y ya. Luego habrá tiempo…” Craviotto (otro mi compañero) me decía que lo que sucedía es que me creía más que los demás. Que “quería descubrir el hilo negro”.

 
Pasaron años para entender que no quería eso (la verdad por mucho tiempo, si creí que todo era pura arrogancia de mi parte, ¿ya saben? sentirme artista y todo eso). Ahora, después de mucho reflexionarlo creo que simplemente quería hacer el cine que yo quería hacer, después de todo son mis películas. Después de todo, si no es en la escuela, ¿en dónde?

Debo aclarar: no me siento con la sensibilidad, ni la capacidad, ni el “talento” de ningún cineasta al que admiro, no puedo compararme de ninguna manera; pero no por eso puedo de dejar de hacer cine, no por eso me va a dejar de gustar el cine. Tengo claro que no soy escritor, no soy actor, no soy músico. Me gusta comunicarme con otros seres humanos mediante la imagen en movimiento y el sonido.

También debo aclarar que durante los siguientes años siempre me sentí castrado. Haciendo lo que “académicamente” era “correcto”. Nunca lo que realmente quería hacer.Lo que filmé en la escuela siempre fue como una cosa deformada de lo que había pensado originalmente. Una complacencia a mis profesores, para ganarme una calificación, para adquirir un diploma (que no tengo, dicho sea de paso).

 
Hoy recuerdo esto, porque como se lo dije a Adriana en aquella ocasión, quiero filmar en unos meses… y aún me siento con ese deseo de explorar la forma.

 
Hoy, con una diferencia fundamental.

 
Si algo aprendí en la escuela es a dudar de mi mismo. Hoy dudo antes de tomar la cámara y filmar lo que quiero, me da miedo el riesgo; riesgo de que a nadie le vaya a importar lo que tengo qué decir, como alguna vez me dijo Armando Casas, también.

 

Me siento como ese escrito que abre el ¿Aguila o sol? de Paz, “comienzo y recomienzo, y no avanzo…”

 
No me preocupa la crítica, digo, siempre hay alguien que quiere opinar lo que cree que se debió haber hecho o no. (Que hagan lo suyo, se me ocurre).

 

O “jueces” que quieren determinar si una obra está “bien” o “mal”, y que hablan desde su experiencia acerca de una película (Eso dice más de ellos que de la obra misma).
No me preocupa tampoco el ataque, a eso se expone uno cuando expresa sus pensamientos en cualquier forma. No me preocupa porque después de todo no me están atacando a mi: yo no soy eso que escribí, que filmé o que dije. Aunque esté reflejado ahí, soy un ser humano. Quiero creer que mi existencia se define por algo que va más allá que una obra realizada por mi.

 
Me preocupa simplemente la indiferencia. El no hacer eco. El no encontrar el espejo donde me puedo ver reflejado. El no entablar comunicación.

 
Tiempo después, tomo la cámara, sin guión, sin idea preconcebida y me pongo a filmar (grabar es lo correcto).
Pero no cualquier cosa. Ahí está mi conflicto…

 

El mundo entonces, todo lo que sucede frente a mi, se vuelve el equivalente de una hoja en blanco para el escritor.

¿Qué es importante para mi?

¿Qué quiero decir?

¿Dónde voy a colocar la cámara?

 

Tengo claro que no quiero ponerme a grabar una bolsa de plástico movida por el viento, y luego verla en mi televisor mientras lloro y digo “Hay tanta belleza en el mundo”.

 

Tampoco quiero colocarme la cámara a la espalda, y luego guardar todas esas imágenes vírgenes, jamás profanadas por la mirada humana.

 

No quiero grabar sin ton ni son, sin intención. Buscando.
No quiero buscar, quiero encontrar.

 
Después de un rato, me doy cuenta que Adriana no ha dicho una sola palabra. Ha estado ahí, en silencio. Poniéndome atención. Platicamos de otras cosas. Su conversación me llena.

 

Al final me dice: “hazlo”. Di lo que tengas que decir, dilo en imágenes si quieres; pero dilo; hazlo y a ver qué pasa.

Mejor grabar que no grabar.

 
Tiene razón. Lo haré y a ver qué pasa.

 
Tal vez será mi forma de llegar hasta allá, donde está ella ahora. De decirle cuánto lo siento y cuánto siento su ausencia.

 
La vi por última vez el año pasado. Era octubre en Coyoacán (no sé si en otras partes del mundo también); ahí se despidió de mi, dándome el abrazo más triste y más insípido que me han dado en la vida.

Puede parecer exagerado, pero tuve la sensación que cuando se alejó de mi se había quedado pegada mi piel a su cuerpo, y mientras la veía irse más piel se me iba desprendiendo, partiendo con ella.

Hoy en día con la carne viva expuesta, todo contacto me resulta insoportable.

 
Que se quede con mi piel, que haga un libro con él si quiere; pero que me devuelva nuestras conversaciones, aquellas caminatas por la conchita, las idas a la cineteca. Es imposible, lo sé; no estoy siendo sino infantil.

 
La breve ventana de sincronía que tuvimos fue de un sólo mes, lo que dura la vida para algunas mariposas.

Un mes, una vida…

 
Ahora lo sé: ese es el tema que quiero poner en imágenes.