Hablar verdaderamente con alguien es abrazarlo, y en cuanto cruzamos las primeras palabras tuve la sensación de que habíamos empezado a hacer el amor”.

 

Paul Auster

 

 

 

Llega Tania. ¡Por fin!

Ya se había tardado. Casi un mes de gira.

Dejándome solo con mis pensamientos. Mil maneras en las que pude haber profanado su recuerdo en su ausencia.

 

Pero ella sabe. Me conoce. Mejor que yo, a veces.

 

Primero, a ponernos al corriente.

Prioridades: nos revisamos los cuerpos, para saber que todo está en orden, para confirmar que somos quienes decimos ser, que aún somos compatibles, que permanecen esos recovecos que sólo yo conozco y uno que otro lunar que sólo ella me ha mirado.
Luego, una vez declarada la tregua, me cuenta: que el teatro… que la actuación… que la gira… que el público… que una función… que en otra… que nunca… que a veces…

¿Yo? Pienso que me quedaron dudas y comienzo a revisar de nuevo en su cuerpo.

 

Percibí algo diferente…

 

Lo compruebo.

No. Fue mi imaginación.

 
Y ahí va otra vez: que siempre… que las ciudades… que su director… que un compañero actor… que una compañera actriz… que bailamos… que nos emborrachamos…

 
No, definitivamente había algo.

No puedo seguir haciéndole caso hasta no estar seguro.

Comprobado. Fue mi imaginación.

 
Satisfecho con la confirmación, se me antoja un cigarro.

 

– Sólo decía -, le digo ante su mirada inquisitiva.

 

– No regresé para terminar acompañándote al hospital, otra vez.

 

– Sólo decía -, le repito.

 
Cambio de tema. Le hablo del guión que me encargaron hace un mes, ya…

 
– Migrantes centroamericanos y Alzheimer. ¿Qué tiene que ver una cosa con otra?

 

– El olvido, obviamente. Eso tienen en común.
Ambos, el migrante y el paciente de Alzheimer, le digo, se encuentran en tierras desconocidas, contra su voluntad van dejando cosas detrás, aprenden a prescindir de lo que daban por sentado… pierden su dignidad, su identidad. Y muchas veces, no hay camino de regreso.

 

Se les va el tren o se quedan en el viaje, bromeo.

 

Eso es lo que tienen que ver.
La dimensión dramática además es maravillosa: ambos luchan por mantener vivos sus recuerdos. Es lo poco que los mantiene anclados a la esperanza; una esperanza que es baladí: el que tiene Alzheimer terminará olvidando, eventualmente morirá. El migrante centroamericano, ha cruzado este infierno que es nuestro país: el paréntesis mexicano, el sufrimiento de a gratis… pero aún le falta cruzar otra frontera. Eventualmente. también morirá. El personaje, quiero decir.

 
– Y, ¿cómo se unen los temas?

– Aún no lo sé. Tengo las tapas de pan, pero aún no corto el jamón, el queso y el jitomate.

– ¿Y si…?
Lo que me sugiere no tiene nombre… es genial. Bestialmente genial. ¿Cómo no se me ocurrió?

 

Total. Las ideas son de todos. Con confesarlo en este espacio deberá bastar para darle crédito.
Escribo, toda la mañana. Dos días, tres. Ya tengo un primer tratamiento. Por fin. Una semana después de lo acordado. Lo mando. Cruzo los dedos para que les guste (cruzo los dedos para que no digan que lo único bueno es la idea de Tania).

 
Les gusta. Lo registran, o eso me dan a entender (si no es así, este escrito es un pésimo error).

 

Más diálogo, me dicen. Algún gag… algo que haga reír… Esto no queda claro… y tampoco… ¿y se podrá…? ¿y qué tal si…? Pero tú eres el guionista, tú sabes.

 

Una gran lista por mail de correcciones.
Me la dejaron barata. No hay tantas cosas que cambiar ni de la estructura, ni de los carácteres, ni de las acciones.

 

Si. También les gusta la idea de Tania.

 

Me dispongo a corregirlo, pero todavía hay tiempo. Lo dejo para la última hora. (Sólo así siento como si escribiera inspirado: cuando escribo a las prisas).

 

Es octubre en mi casa.

Se va de gira nuevamente (o eso me dice).

 

Cuando vengas te doy a leer el último tratamiento (espero que sean tres, nada más). “Si”, me da el avión. Sabe que es una mentira, no comparto esos procesos con nadie (pero quiero intentarlo, lo juro, esta vez quiero compartirlo. Quiero creer que es sincero mi ofrecimiento).

 

Pero ella sabe. Me conoce. Mejor que yo, a veces.

 
Nos reconocemos antes de despedirnos; el mismo ritual, el mismo proceso de reencuentro, antes de que se vaya. Por nada, sólo para dejar un precedente cuando regrese.

 
“Haz lo que quieras, nada más no te vayas a enamorar.”

 



Podría tomarlo de manera literal y justificar cualquier acción futura. Pero sé a qué se está refiriendo específicamente; ya hemos estado ahí, somos (más bien dicho soy) visitante habitual, me la paso comprando souvenirs de ahí, como una vez, una playera que dice así:

 
“Vendí un guión. Me enamoré de él, y sólo me quedé con esta pinche playerita”

 



Esta vez no. No hay modo. Escribí algo que no hierve en mi, que no grita desde mi interior la necesidad de contarlo. Me preparé mentalmente desde que acepté escribirlo. Además, me urge el dinero; vienen navidad, los regalos, Santa Claus, los reyes. La cena…

 
Segundo tratamiento.

Terminado el mero día acordado. Sin dormir, con cafeína en exceso.
Luego, mas correcciones. (Nunca entiendo porque siempre hay más correcciones en el segundo tratamiento que en el primero). Se van de vacaciones. Hasta enero me dicen.

 
Y pasa el tiempo.

Lo aprovecho: dejo enfriar lo que escribí. Lo retomo antes de que se acabe el año.

Me empiezo a dar cuenta que todo aquello que yo creía impersonal es un reflejo inconsciente de lo que soy, de lo que siento, de lo que pienso. Me encueré sin darme cuenta.

 

Encuentro cosas significativas en pequeños detalles, agazapadas, listas para atacarme en este momento. Y se me ocurren nuevas ideas, y escribo, y escribo.

Y lo leo, y lo releo. (Cuando uno escribe, el lector es uno).

 
La primera frase me golpea, sin concesiones; una cita de Borges:

 
“Sólo aquello que se ha ido es lo que nos pertenece”.

 
No está hablando sólo del Alzheimer y los migrantes centroamericanos como es mi intención al citarla; también está hablando de cosas que están pasando en mi vida: la pérdida, la ausencia, el pasado.
Me emociono con lo que está sucediendo. Pienso en las imágenes, en los movimientos, empiezo a pensar en formas de filmar lo escrito.

Me doy cuenta de que me gusta; me doy cuenta que me gusta la idea que ella tuvo; en parte porque simbólicamente está allí también, porque es lo primero que hacemos juntos en años, además de pelear y hacer el amor.

 
Enero.

Entrego el último tratamiento. Hoy, jueves espero su aprobación, en cuyo caso se habrá ido para siempre de mis manos.

 

(Sólo aquello que se ha ido es lo que nos pertenece).

 
Llega Tania. ¡Por fin!

Ya se había tardado.

 
Primero lo primero… El reconocimiento, los lunares, los recovecos…

 

Eventualmente le cuento.

Lógicamente me responde…

 

– Te lo dije.
Me ofendo.

 

En mi cabeza sé que tiene razón. Me conoce. Mejor que yo, a veces.

 

Paso así un minuto, dos. Diez. (Sin un cigarro).
Ella se me queda mirando.

 

Otro minuto. Me encargo de que perciba mi silencio, que se dé cuenta que no me gusta que se haga la sabihonda.

 
– ¿Estás enojado?

– No -, le respondo.

 

Soy tajante, pero sincero.
El guión me ha hecho consciente de lo mucho que la quiero.

 

No estoy enojado… Estoy feliz de que haya regresado.