Despierto. Las olas. No se han detenido. Sigue el vaivén. Indiferente. Mágico. Violento. Vaivén que destruye castillos. Fortalezas. Endebles. En vano su resistencia. Se deshacen. Arena. Granos de arena. Como todos los granos. Especiales. Únicos. Irrepetibles. Planetas imaginarios. Flotando en el universo del mar. De un lado a otro. Sin voluntad. Como en un sueño. Un sueño profundo. Un sueño de mar. Despierto. Las olas. No se han detenido. Sigue el vaivén. Indiferente. Mágico. Violento.

 
La ventana. La abro. El sol me quema los ojos. Más no brilla como ella. Con tanta intensidad. Aún así. Mis retinas se derriten. Escurren al suelo. Mercurio. Tormenta de Nagasaki. No importa. Estoy ciego desde hace días. Cuando la conocí. Yunuén. Miro al horizonte. Ciego. Adivino. A lo lejos la existencia del océano se justifica. A lo lejos. Un barco. Inventando el mar. A su paso. Lejos. Mas allá. Hasta donde el horizonte pierde su línea. Ahí. En el océano que es espejo. Ahí su reflejo. Ella. Yunuén. Ella. Ella. Ella. Ya no. Se fue. La ha comido el horizonte. Se ha perdido. No para siempre. Para encontrarla deberé cruzar el mar. Encontrarla en otra tierra. Extraño en tierra extraña. Extraño que su tierra extraña. Extraña la tierra del extraño. Así lo ha querido. Ella. Sirena que del mar vino. Que nace de un mar evaporado. Ella. La que ya no veo. La de las mil formas. La incólume, La de la estrategia del caracol. La que vuela. Y es rasgada. Erotizada. Penetrada por mil rascacielos. Penes de hormigón. Ella. Que a lo lejos inventa el cielo. Imagina el cielo. Es el cielo.

 
Soy cazador. Cazo mariposas. Escamas. Escamas con alas. Me enamoro de ellas. Las condeno al peso de mi amor que no las deja volar. Las amo no dejándolas libres. Cazándolas a ellas. Casándome con ellas. Clavando un alfiler en su libertad para someterlas al escrutinio de mi mirada. A mi curiosidad de entómologo. Al gran ojo que ve los patrones de sus alas. Sin poder descifrarlo. Agónicas. Aún intentan batirlas. Si acaso, logran hacerlas temblar. Aún vivas. Victoria pírrica. Fenómenos de circo. Es inútil. Mi amor las ha penetrado. Las ha anclado a una tabla de cartón. Porque me enamoro de todo lo que vuela. Y al amarlas, dejan de volar.  Aglossata. Heterobathmiina. Zeugloptera. Glossata. Annabelle. Carolina. Violeta. Katia. Yazmin. Andrea. Ximena. Jimena. Ximena. Catalina. Todas fueron mías. Sus restos en mi vitrina. Fotos del recuerdo. Las patas abiertas. Penetradas por mi alfiler. La sangre. Lasciva. Mojando el cartón. Zumo que escurre hasta el suelo. Muerte chiquita. Soy casador. Caso mariposas. Escamas con alas. La ventana. La abro. Una de ellas se posa frente a mi. No quiero amarla. Miro al horizonte. Aún ciego. Ciego desde que la vi por primera vez. Reflejando el sol. Más blanca que una montaña de cal. Granos de cal. Como todos los granos. Pero blancos. Especiales. Únicos. Irrepetibles. Planetas imaginarios. Orbitando el sol. Que no brilla como ella. Yunuén.

 
A veces es un hombre. A veces mujer. Le he visto doce brazos. Tres pares de ojos. Es una araña. Una quimera. Un ratón. Un conejo. Alguna vez fue un tren, pero eso no duró. Alguna vez un tulipán. Pero eso fue solamente vanidad. A veces deja que los niños la descifren. Que los amantes la inventen. Que lo enamorados la contemplen. Tan bella. De mil formas. De mil colores. Avanzando sin prisa. Donde el viento la lleve. Migrante. Lo que más le gusta. Es parecerse a ella. Y lo hace muy bien. No sé como es ella. Tiene cara de ella. Y al mirarla, la reconozco. Le gusta hacerse más grande, unirse a las que se le parecen. Primero mimetizándose. Luego. Devorándose mutuamente. Pero aún logro reconocerla. Cuando llora, sus lágrimas la van deshaciendo, una gota a la vez. Su tristeza se acumula como el cáncer en mis pulmones. Oscuridad que la rasga. Las lágrimas que caen al suelo formando caudales. Charcos. Lagunas. Olvido que fluye a un mar desconocido. O ríos que no desembocan en ninguna parte. Estériles. Masturbados. Sin semen. Sin esperma. Sin semilla. Femeninos. Golpeando la cabeza de los calvos. Echando a perder las cosechas de café. Mojando la tierra. Mojándolo todo. Secreción vaginal. Que escurre hasta las rodillas. Y desde el cielo cae a mi lengua. Como maná. Alimentando a un pueblo. Un milagro. Alimentando a las plantas. A la vegetación dentro de mi. A mi flora intestinal.

 
Desde aquella vez. La primera. La he venido siguiendo. Como un acosador. Un demente. Loco por ella. Más no quiero hacerle daño. Tampoco quiero clavarle un alfiler. Me enamoré como el que se enamora de un río, de una piedra o del mar. Tan pequeña que se veía. Tan cansada. Había llovido lágrimas por siete días. Y de mi tristeza, lloré yo también. Tantas lágrimas como tiene un mar que imagino. Lloré para que el sol, que no brilla como ella, las evaporara. Para que el agua regresara a los cielos. Agua salada. Agua de mar. Como la que le dio vida originalmente. A ella. La sirena. La de las mil formas. La que se parece tanto a un sueño que alguna vez tuve. Un sueño de mar. Del que despierto ahora. Y las olas, no se han detenido. Sigue el vaivén. Indiferente. Mágico. Violento. Y ella a la distancia, desaparece, al otro lado del mundo. Pero me he acostumbrado. La amo dejándola volar libremente. Regalándole lo que a ninguna otra. Mariposa o mujer. Hay días que se ausenta. Que no sé de ella. Que desaparece. Una vez le dio la vuelta al mundo y regresó. Y me gustó esperarla sin esperarla. Con la certeza de la lluvia en verano de que que nunca debía ser mía. Ni yo de ella. Sin limitarnos. Obedeciendo a las reglas del caos. Las reglas del azar. La estrategia del caracol. Paciencia. Avance milímetro a milímetro. Disfrutando la superficie. El detalle. La respiración que quita el aliento en cada breve instante. Breve, pero eterno. Obedeciendo a las reglas del caos. Que le dan forma diariamente. Que la moldean. Que definen su mirada. Siempre tan cambiante. Siempre tan diferente. Nunca es igual y siempre es la misma. Que se ausente. Que surque los cielos. Que conozca el mundo. Que sea ella. Ella. Yunuén.

 
Una tarde aparece. Y sonrío de verla. Como siempre lo hago cuando aparece. Su ausencia significa sequía. Y cuando aparece, siento que soy especial. A pesar de que se posa sobre todos nosotros. Me habla. Por primera vez. Ofreciéndome el sonido de su voz, por primera vez. Regalándome un privilegio. Encuéntrame en Nepal. Donde la altura del Everest quita el aliento. El oxígeno. La vida. Ahí. Donde mis pulmones pesan. Como dos bolsas con rocas. Las rocas de un enfisema. Las rocas que desgarran alveolos. Y me oprimen. Lentamente enterrándome. Lentamente. La muerte en mis pulmones. Creciendo. Un día a la vez. Haciendo mi ascenso a la cumbre más complicado. Pero es sólo ahí. A esa altura. Que puedo tocarla. Siempre tan alta. Más alta que yo. Tampoco es tan difícil, considerando mi estatura: la primera adversidad que forjó mi voluntad. Esa voluntad que me hace querer llegar al cielo. Una piedra a la vez. Un milímetro de poco a poco. Hasta la punta. Para tocarla. Justo después de cruzar un mar. De imaginarlo. De inventarlo. Como ahora invento la montaña. Su cumbre. Su esplendor. Aquí estoy. En la frente del cielo. En la madre del universo. Esperando a estar en ella por primera vez. En ella. Yunuén. Que significa Bienvenida. Espejo del cielo. Novia del lago. Brazo fuerte sobre el agua. Yunuén. Que significa agua que corre. Agua que cae. Yunuén. Flor del lago. Mujer de ojos Bonitos. Flor antes de agosto. Princesa de la mañana. reina de Rocío. Yunuén. Que desde el horizonte se va acercando. Lentamente como es su costumbre. Dejando que el azar allane su camino. Su camino de viento. Poco a poco. Poco a poco. Más. Se va acercando. El encuentro es inevitable. Nuestra colisión. Dos mundos. Planetas imaginarios. La altura me quita el aliento. No más que el encuentro. La miro frente a mi. Cercana. Como la mañana. Y la atravieso. Violentamente entro en ella. Vivo en ella. Soy parte de ella. Ella me rodea. Por un instante. Es fría. Es húmeda. Es la mañana. Es un mar. Blanca, luminosa. Es una neblina, que no permite ver más allá. Más no lo necesito. Ya estoy ciego. Desde la primera vez que vi el sol reflejado en ella. Su humedad me cubre. Me abriga y me congela. Y me regala esos instantes para que la roce. Como una cola de gato. Sospecho que permanece sin avanzar. Tal vez más de lo necesario. Tal vez le gusta. Que la vaya tocando desde dentro. A esa altura. El costo. La exigencia que impone el deseo. Y lentamente, brevemente. Apenas me doy cuenta, todo ha terminado. Y me deja atrás. Para alejarse nuevamente. Sin siquiera mirarme. Libre, sin ataduras. Pero diferente: ahora somos cómplices. Sólo ella y yo lo sabemos. Sólo ella y yo tenemos un secreto. Un secreto partido en dos. Hasta que volvamos a reunirnos. Si acaso ese milagro sucede. Yo si la miro. La contemplo mientras se aleja. Mientras se pierde entre más montañas. Y me despido deseándole un buen viaje. Hasta nuestro próximo encuentro.

 
Yunuén. Vuelve a darle la vuelta al mundo.