Orgullosamente le cedo un espacio en el cine signo a la poesía de un amigo mío quien con ella, participa en el tercer concurso de Poesía de Heptagrama.

 

 

Mis mejores deseos, Ray.

 

 

NO TE ACUERDES

 


Acuérdate de Acapulco

María bonita,

María del alma. . .

Agustín Lara

 


Prólogo

 


Un día volviste para buscarte

en el lugar menos adecuado,

ahí, donde fuiste parido

en el llamado, otrora,

fragmento del edén:

Acapulco de Juárez,

de tu madre la casa.

Llevabas a tu nueva amante,

la ubicua soledad,

a tu lomo adherida;

llegaste adolorido y cansado

porque ella pendía de tu cuello

con brazos fríos y nervudos;

la sacudías de ti,

ella no te soltaba;

la ignorabas, ella reía;

cierto crepúsculo intentaste

ahogarla en el mar

entre las ingles

de una escurridiza falacia

la mentira se diluyó

en el fondo del agua,

tu amante se quedó contigo,

compartiendo el salado océano,

tu amante se colgó a tu sexo

dejándolo salitroso y entelerido,

tu amante te devoró

con la avidez de siempre,

cuando del mar saliste

ella bebió tu agua

y dejó en ti. . . su sal.

 

 

Capítulo I

 


Una tarde conociste a Celeste,

pero no te acuerdes por favor,

ella tendió un cable de acero

de sus ojos a tus nervios

y quedaste atrapado.

Tus ojos besaron su frente,

párpados, pómulos

y cada centímetro

de descubierta piel.

Su piel: Noche sin estrellas.

Su negra piel:

Claro reflejo de tu alma sombra.

Tu mirada acarició

el soberbio volumen

mal contenido en el escote,

el estrecho manojo de centeno

de su cintura,

la deliciosa curvatura

de sus glúteos

y Celeste fue tu amada.

A escondidas de su amo

Celeste te perseguía,

no corriste nunca,

el recorrido hecho por tus ojos

lo repitieron las manos

nariz, labios, lengua, sexo.

Tú que no conocías

La pasión verdadera

con Celeste conociste el cielo,

supiste que no huele

a flor de azahar,

supiste que no huele

a cempasúchil:

Huele a sudor de negra

y este olor

se impregna en la piel

por días enteros.

Cada vez

que Celeste partía

tu alma transitaba

del infierno los caminos.

Celeste te mostró con su pelvis

los minuciosos, deliciosos

e increíbles secretos del vuelo,

las alas de los ángeles

no están en la espalda.

El cielo es angosto,

caben sólo dos a una vez,

pero no se puede visitar

sin compañía.

Tu ángel negro se fue,

volvió a Dios

y aprendiste, por fin,

que no se llama

Visnú ni Jehová ni Alá;

el nombre de Dios

tiene tres sílabas

y con la letra “d” inicia,

pero no lo diré

porque aún eres ateo,

Dios contigo no está

ni te sonríe

ni te ha bendecido.

 

 

Capitulo II

 


No te acuerdes que el cielo

se hizo añicos

bajo tu infierno aplastante,

Las nubes de semen

se hicieron translúcidas

y tu muñeca se inflamaba,

el cielo se encendió

en fuego anaranjado,

blanda se hizo la tierra,

tus huesos quebradizos.

Para no hundirte en el suelo

de abismos más pletórico

a cada paso dado

te agarrabas de las raíces,

pero tenían espinas

para desgarrar tu piel,

para engarrotar tus dedos;

mientras colgabas de ellas

los alacranes comían tu estómago,

las sanguijuelas se prendieron

a la escasa carne

hallada en tus tobillos,

tu vientre se hizo flácido,

se volvió un vacío costal.

Llenado después

con huevos de alacrán.

Tu vientre murió un día.

Tu vientre aún no despierta.

tu vientre es una bolsa

que parirá escorpiones

cuando se abra el nudo

depositado en tu pecho.

El nudo en tu pecho bombea hiel,

amarga tus oídos,

obstruye tu nariz,

al sube-y-baja juega

en el recinto de tu garganta,

aletarga tus pulmones,

pero no mueres.

Quieres arrancarte

las venas a mordidas,

quieres arrojarte al océano

atado a una roca,

quieres poner tu cabeza

en el suelo al paso de un tráiler,

quieres morir, así, de inmediato,

pero no te atreves.

La negra se marchó

a tu amante regresándote,

la misma de antes,

hoy endurecida.

La negra se marchó

a tu amante devolviéndote,

envejecida

y con nuevo nombre:

“Su ausencia”.

La negra te dejó.

Tú besabas sus pies flotantes

a cambio ella descendía

para pisotearte con saña.

Te despreció la negra

porque Dios no es contigo.

La negra amor no tiene,

pero tiene a Dios en su bolsa,

Dios es con ella y ella con Dios.

 

 

Capitulo III

 

 

No te acuerdes que buscaste

a una mujer de tierra

y la terrea mujer te buscó a ti

para que en ella te sembraras;

tierra fresca, fértil,

deseosa de tu semilla,

de tu fluido vital,

de que habitaras en sus cavernas,

pero la tierra amar no puedes

cuando el cielo estás deseando

sin regar la dejaste

porque estabas seco,

no la pudiste beber:

Tus labios estaban sellados.

Abandonaste la tierra

para que fuera de otros sembrada,

nutrida, bebida, mojada.

Te mudaste a las rocas quebradizas,

se falsearon tus tobillos

una, dos, diez mil veces.

Tu vida es árida:

dura y gélida tras el ocaso,

caliente y seca tras el amanecer.

Volviste a la playa

en busca de la mentira crepuscular,

la horadaste al fin,

mas descubriste que al cielo

no lo suplen ni agua ni arena.

Te incrustaste en la falacia,

pero no pudiste ahogar

“su ausencia”.

Acapulco es el paraíso

para quien tiene a Dios entarjetado,

para los sin Dios es el purgatorio.

 

 

Capitulo IV

 

 

No te acuerdes

que partiste del puerto

para no matarte,

para no matarla,

para no matar

a quien la llena de Dios.

No te acuerdes

que has tenido que reinventarte

destinos olvidados,

los cuales, tarde o temprano,

te llevaran a Dios

o a la muerte.

El camino a Dios

está lleno de espinas,

estiércol y sudor.

No te acuerdes

que la sombra de “Su ausencia”

empaña tus ojos.

No te acuerdes

que necesitas caricias

y palabras dulces en tu oído.

No te acuerdes

que a orillas del mar

lloraste sangre por tu negra.

Todo era negro sin el ángel:

mar negro,

cielo negro,

arena negra,

pensamientos negros,

aire negro,

sangre negra

. . .

No te acuerdes que el golpe

te fue desgajando:

se pudrió tu pierna,

se quebró tu pelvis,

reventaron los vasos capilares

de tus ojos,

tus dientes se corroyeron,

tus labios se resecaron,

tu lengua se hizo pastosa,

tu aliento fétido,

tu cerebro se petrificó,

tu alma se asfixia.

 

 

Epílogo

 


Ahora, sin el ángel,

te has dado a la dolorosa,

la minuciosa tarea

de reconstruirte,

de caminar nuevamente

hacia metas olvidadas,

partiendo una vez más

del cero absoluto,

de la nada

en que el celeste demonio

te ha dejado.

Un día volverás

con Dios en las manos,

pasearás con él

frente a su puerta

y cerrarás el ciclo

al recuperarla,

olvidarla

o morir,

pero por favor,

NO TE ACUERDES.

 

 

(Versión marzo.2010)

 

 

Raymundo Manzanárez

Mexicano