Nota de Juan Solís, El Universal.

Martes 05 de diciembre de 2006


Su pasión por este arte, heredada de su padre Leopoldo, ha llevado a Jorge Ayala Blanco a rodar por diversas salas y escribir críticas con un lenguaje punzante, sin la prosa almidonada que detesta

A diferencia del mataviejitas pacheco que interpreta Miguel Inclán enNosotros los pobres (Rodríguez, 47), o del cacique gandalla encarnado por Carlos López Moctezuma en Río Escondido , el químico politécnico venido a desmenuzador cinematográfico, Jorge Ayala Blanco, no es el malo de la película.

Más bien es “el que aprecia las películas de los villanos de la película. Según Hitchcock, si está logrado el villano, lo estará la película. Y también lo estará la crítica de cine”.

Buenos, malos y feos, nadie escapa a los afanes panorámicos del investigador, que acaba de publicar La herética del cine mexicano, editado por Océano y octavo de la serie en que alfabéticamente pasa revista a la historia del cine nacional. La idea es llegar a la zeta, pues el modelo a seguir es el realizador portugués Manoel de Oliveira, quien a los 97 años aún dirige.

Hereje no es, aunque muchos lo consideren así. Confiesa ser “un aficionado que busca su placer cinematográfico por todas partes y que encuentra la posibilidad de sobrevivir gracias a sus placeres, y éstos siempre terminan siendo subversivos”.

Ayala, quien al igual que muchos perdió la virginidad espiritual en 1968, está sentado en la sala de su departamento, en la colonia San Rafael.

“Mi pasión por el cine tiene sus orígenes en el claustro paterno -cuenta-. Mi padre, Leopoldo Ayala, era muy aficionado al cine y sus películas predilectas eran las de Frank Capra. Vio 50 veces Horizontes perdidos y babeaba. Todos mis hermanos y medios hermanos, padres, son aficionados desde tiempo inmemorial.

“Nací en Coyoacán, pero a los seis meses fui llevado a la calle de Sabino en la Santa María. Estaba rodeado de salas de cine: el Majestic, el Carpio (le decían el Majestic chico), el Rívoli, el Roxy, el Cosmos, el Ópera y el Lux. Podía ir uno andando, aunque mis favoritos eran los de cine mexicano: el Carpio, donde se bailaba los domingos, y el Rívoli, donde pasaban tres por un peso.”

¿Se escapaba de la escuela?

-No, eso fue hasta la secundaria. Se veía bien en casa. Hijito, no te quedes aburrido leyendo libros. En realidad eran historietas. Leí mi primer libro a los 16 años. Fue una historia del cine, o novelas de Salgari que luego leí en su idioma original, pero mi cultura era visual.

Usted domina varios idiomas…

-Fui un repelente y pedante niño bilingüe. Mi abuela, que había estudiado en una escuela súper exquisita para la realeza francesa en Saint Etienne, me educó. Con ella hablaba francés en casa para que nadie nos entendiera. Por parte de mi padre soy latinista; murió cuando yo tenía ocho años.

Pero usted no estudió humanidades.

-Soy total y absolutamente politécnico. Una de las grandes paradojas de mi vida es sentirme politécnico y haber obtenido el Premio Universidad Nacional hace un par de meses. Estudié ingeniería química industrial, en la ESIQIE. Mi santo patrono es San Esiquio. Ejercí dos años y me jubilé cuando me dieron la beca del Centro Mexicano de Escritores en 1965.

Ya tenía dos años escribiendo crítica de cine. Era el crítico más joven y apapachado de México. Todo mundo me quería adoptar y al único que se lo permití fue a mi abuelito Francisco Pina. Como no se atrevía a criticar cine mexicano porque decía que no había que morder la mano que te da de comer, me cedió la estafeta cuando lo nombraron jurado del primer Concurso de Cine Experimental. Yo tenía 23 años y escribía en el peor suplemento literario del mundo, que era el de Novedades, de donde habían corrido a la mafia de Benítez. Ahí seguí hasta 1968.

¿Quiénes fueron sus maestros en el Centro Mexicano de Escritores?

-Soy muy afortunado. Mis mentores eran Juan José Arreola, Juan Rulfo y don Panchito Monterde. Catorce años después me convertí en el único prologuista que tuvo en vida mi maestro Juan Rulfo, con El gallo de oro y otros textos sobre cine.

Trabajar con Rulfo fue formidable, sobre todo porque cada que yo leía había linchamiento. Mis compañeros de beca eran levemente estilistas. Les molestaba profundamente mi trabajo con el lenguaje popular. Mis “inelegancias” estilísticas en realidad eran vulgaridades, de vulgos, pueblo, a mucha honra. El único que me defendía era Rulfo.

Él había sido miembro de la censura mexicana en RTC. Vio muchas películas a fuerza. Parece que eran sensacionales sus reportes, pero no servían para nada. No contaba tetas, ni culos. Los resúmenes que hizo deben ser verdaderas glorias de la prosa perdida.

¿Le habló de lo que pensaba de las versiones fílmicas de sus obras?

-Echaba pestes de todas. Las detestaba, empezando por Talpa y acabando por una que a mí me gustaba, aunque es fallida y delirante, Paloma herida, de El Indio Fernández. Rulfo decía que en esa cinta había sido taquígrafo de El Indio. Por supuesto se la echaban entre copa y copa. La película es genial y la más rulfiana de todas. Es puramente plástica y filmada en Guatemala. A Rulfo le gustaba el cine mexicano y escandinavo.

Le gustaba mucho La oveja negra, conocía bien Río escondido. Era aficionado a autores escandinavos como Halldor Laxness. Le gustaba la versión que hizo Arne Mattson de Salka Valka. Del mismo realizador le gustaba mucho Un solo verano de felicidad.

El Centro Mexicano de Escritores me ayudó a definir qué no quería hacer. La mejor prosa ensayística era la almidonada, y era precisamente la que yo detestaba. Había un cierto rechazo a la mezcla de un lenguaje popular y uno exquisito. Y era lo que yo quería hacer.

Quería ampliar las posibilidades del lenguaje. Sorprender al lector con un término deleuziano mezclado con uncoito circuito.

Esa mezcla de lo popular y lo culto es muy de Efraín Huerta…

-Adoraba a Efraín Huerta por su enorme ironía, su elegancia. Yo puedo fechar exactamente cuándo decidí ser crítico de cine: a los 12 años y ocho meses de edad, cuando empecé a coleccionar las críticas de Efraín Huerta, Luneta de cuatro pesos y Cuéntame la película, escritas sin nombre en el periódico El Fígaro. Nunca imaginé que años después, al conocerlo en Pecime, sería uno de mis mejores amigos.

Se echó más de 15 años escribiendo sin firmar en El Fígaro y además haciendo algo que le encantaba: los pies de foto de todas las encueradas semanales. Era un hombre que erotizaba la palabra y el mundo.

Cuando lo conocí, Octavio Paz lo había expulsado del Olimpo mexicano. Dicen las malas lenguas que era porque Efraín sí era poeta. No era una abstracción puñetera sino un hombre con gran sentido del humor que gozaba la vida, que gozaba con el cine, las historietas y el sexo. Estaba vivo y palpitaba.

¿Compartía su militancia?

-Más bien su disidencia de la militancia. Era herético dentro de la política de los partidos. Lo habían expulsado del Olimpo, pero también del Partido Comunista. Como Revueltas, que era el exceso y creaba partidos para autoexpulsarse.

Revueltas era muy amigo de una de mis ex mujeres. Se le lanzaba porque decía que se parecía mucho a Rosaura Revueltas. Ahí sospeché que tenía problemas de incesto mal resueltos.

¿Por qué siempre se sienta en el mismo lugar en el cine?

-Los críticos somos animales de costumbres. Siempre me siento al lado izquierdo, midiendo dos pantallas, porque mi ojo bueno es el derecho. Si alguien ocupa el lugar que me gusta en las salas de la Cineteca Nacional me siento desplazado. Jamás aceptaría sentarme en las primeras filas.

Cuando andaba en la adolescencia, ¿no se sentaba hasta atrás?

-De repente uno ligaba. Perdí mi virginidad en el cine Mina, a los 16 años. Había salas donde la gente copulaba, como los segundos del cine Encanto o los laterales de cines grandes como el Apolo, el Florida, el Estadio y el Isabel. En otras había pederastas que violaban a niños, como las salas infantiles en San Juan de Letrán. Los cines eran afrodisiacos. La ciudad de mi infancia era muy cinematográfica.

¿Ha habido alguna película que le haya hecho llorar?

-Miles, y a veces pésimas. Depende cómo estés. Si hiciste que la novia te cortara (porque no tienes los güevospara cortarla), llegas al cine y todo se te revuelve. ¿Quién no ha llorado, gritado, aullado o reído a carcajadas? Es la expansión del ánimo. Yo veo cine para pasarla bien, y eso implica disfrutar de la forma. Mis mejores orgasmos visuales los he tenido en términos formales.

Dicen que los críticos son artistas frustrados…

-Yo creo lo contrario: que muchos cineastas hacen películas como si quisieran hacer la crítica de las porquerías que escriben, y no lo logran. Los cineastas son críticos frustrados. Los eunucos de la crítica de cine se llaman realizadores y los patrocina Imcine. No necesitan llegar con sus güevitos en la mano; ya están castrados y pueden someterse a la burocracia del Instituto.

¿Ha agarrado una cámara?

-Sí, para filmar a mi hija recibiendo la banda de honor, o a mi nieta en el parque. Con esta porquería de celular cualquiera puede hacer una película y mucho mejor que las que patrocina el Imcine. Ya el cine está desmitificado, democratizado.

Pocos saben que es melómano.

-La música es una afición y una necesidad, la que todos tenemos de discursos no conceptuales. Es fundamental. La música, como la fotografía o el ajedrez, si la practicara, dejaría de ser un placer y se convertiría en una profesión y en un discurso conceptual.

¿Cuál es la autocrítica más severa que se ha hecho?

-Hacer inmediatamente otro libro porque estás insatisfecho del que acaba de salir.

Si pudiera filmar su vida ¿con qué secuencia la acabaría?

-Con el nacimiento. Un retorno a la semilla, como el cuento de Alejo Carpentier. Da lo mismo cómo termine, lo importante es cómo empezó.