Bachelard y la poesía

 

 

Gastón Bachelard, filósofo de la ciencia, abordó la creación poética a partir de un análisis fenomenológico, el cual le permitió observar lo primigenio del hecho. En la Poética del espacio (1957) y en la Poética de la ensoñación (1960) la poesía aparece como una voz perteneciente a todos. Al escucharla, no sólo nos transforma: puede llegar a curarnos.

 

 

En Bachelard, la defensa de la creación poética comparte la naturaleza existencial de la presencia del creador: no hace falta sino vivir el poema en sus repercusiones lingüísticas –y por tanto físicas– para entenderlo como algo más que un artefacto de la vanidad y el ocio o como el simple producto de un recuerdo. Tal creación hace eco inmediato en la subjetividad de quien lo lee o lo escucha, de quien al musitar cada una de sus formas y extremidades, se baña en sus palabras transformándose, a la manera de un bautismo.

 

 

Gastón Bachelard rechaza los psicologismos que intentan explicar las imágenes del poeta recurriendo a sus antecedentes: “El poeta no me confiere el pasado de su imagen y, sin embargo, ésta arraiga enseguida en mí”. Gran argumento contra los reduccionismos psicológicos pues, aun careciendo de los recuerdos del poeta, puede el escucha atender al poema como a una voz que le habla muy profundamente y le interpela de manera directa.

 

 

Pero, en un mundo de energías volcadas al crecimiento material ¿qué puede hacer la poesía por el hombre?

 

 

La creación poética no es una invención, producto del poeta. Sostener tal afirmación sería no solamente ir contra la tradición, la cual hace de la musa y de la inspiración el verdadero origen del arte, sino desatender al fenómeno mismo: si bien el artista es una escucha privilegiada, no es su voz la que nos habla: se trata de la voz, y su existencia mantiene a la poesía lejos de servir de objeto a interpretaciones estructuralistas, corrientes de pensamiento que niegan la existencia del individuo como agente de cambio, de un espacio para el sujeto, para su ser más allá de las ciegas fuerzas sociales y estructurales que comandan sus decisiones.

 

 

En la tradición de la poesía, tampoco existe un sujeto creador: tenemos a las musas. El poeta es solamente la vía de su expresión. Y el análisis de Bachelard no difiere de la tradición. ¿A quién pertenece la voz escuchada por el poeta? Y aún más ¿Existe entonces el sujeto de una voz propia? La voz poética tiene como uno de sus resultados más importantes, en el sujeto atento, el incremento inmediato de su individualidad.

 

 

Para Bachelard, en la Poética del espacio lo comunicado de un sujeto a otro son las ensoñaciones de la infancia, ensoñaciones de intimidad. ¿Y qué es la intimidad sino el intento de separarnos del colectivo, para forjarnos una individualidad distinta de quienes nos rodean? Toda ensoñación tiene como origen el espacio feliz. Cuando Bachelard examina las imágenes de tal espacio –acercamiento al que propone llamar topofilia–, lo hace a partir de cuestionarse cómo las cámaras desaparecidas de nuestra infancia se constituyen en moradas para un pasado inolvidable, espacios a partir de los cuales encontraríamos un principio de integración psicológica: “psicología descriptiva, psicología de las profundidades, psicoanálisis y fenomenología podrían constituir con la casa, ese cuerpo de doctrinas designadas por nosotros bajo el nombre de topoanálisis”. Y recuerda la manera en que C. G. Jung, en sus Ensayos de psicología analítica, pide a su lector considerar esta comparación: “Tenemos que descubrir un edificio y explicarlo: su pico superior ha sido construido en el siglo XIX, la planta baja data del XVI y un examen minucioso de la construcción demuestra que se erigió sobre una torre del siglo II. En los sótanos descubrimos cimientos romanos, y debajo de éstos se encuentra una gruta llena de escombros sobre el suelo de la cual se descubren en la capa superior herramientas de sílex, y en las capas más profundas restos de fauna glaciar. Ésta sería más o menos la estructura de nuestra alma”. Si bien la metáfora geológica es una invención de Freud para explicar la psique, esta variación nos remite a nuestra morada infantil, símbolo de los espacios creados y recreados durante la construcción de nuestra alma. Y debido a la fuerza de esta identificación Bachelard afirma: “en los poemas, tal vez más que en los recuerdos, llegamos al fondo poético del espacio de la casa. En esas condiciones, si nos preguntaran cuál es su beneficio más precioso, diríamos: la casa alberga el ensueño, protege al soñador, nos permite soñar en paz”. Por tanto la casa es uno de los mayores poderes de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños del hombre: “Y siempre, en nuestros sueños, la casa es una gran cuna”.

 

 

La casa natal es más que un cuerpo de vivienda; es un cuerpo de sueño y de imágenes que dan al hombre razones o ilusiones de estabilidad, sin la cual nos veríamos expuestos al terror antropo-cósmico, eco del hombre en situaciones primitivas. Si la poesía es ensueño, y éste tiene su bastión en la casa de la infancia, es porque en ella el poeta se ha forjado sujeto, erigido la capacidad de defender su ensueño de las ruedas realidades. La casa es refugio en donde el niño conduce su ensueño de intimidad, lugar en el cual puede ser, crearse un individuo distinto al de su familia, de los adultos deseantes de transformarlo en prolongación de sus identidades.

 

 

Aquí  cabe preguntarse: “¿Puede un alma intentar salvarse a sí misma?”. En el marco de un diálogo constante con el psicoanálisis, con el que Bachelard mantiene cierto conflicto cuando primero intenta reducir la imagen poética a una simple sublimación de deseos inconscientes, la pregunta no es ociosa. Después de todo, la ciencia desarrollada por Freud tiene como misión liberar al alma de sus problemáticas asfixiantes, de los deseos de los otros. Partiendo de la base de un inconsciente irreductible, Freud quizá respondería que todo intento del alma para salvarse a sí misma la hundiría aún más.

 

 

Aunque no todo mundo necesita un psicoanálisis –método para curar las almas invadidas por deseos ajenos con un pie puesto al cuello de los propios–, debe considerarse que la humanidad misma permanece insuficientemente individualizada. Necesitar del reconocimiento-servidumbre ajena para la propia dicha, más allá de la necesaria comunicación y enriquecimiento a partir del intercambio, es el principal síntoma de la enfermedad del colectivo, agravada terriblemente por el empuje materialista y de consumo. Una sociedad de filósofos era el sueño de Platón (y de Sócrates): hombres y mujeres felices que de aquello que se ofrece en los mercados no necesitaran gran cosa. Un mundo de poetas.

 

 

La imagen poética escuchada por el poeta y transmitida a sus escuchas atentos, tendría la naturaleza de una revelación: creación primigenia, libre de todo pasado. En su presente inefable, no existen deudas por cubrir: se trata de un nuevo comienzo a la manera del súper hombre que cobra conciencia de que ningún pasado puede atarle. Y si vivir la poesía es una toma de conciencia, debe existir por fuerza un crecimiento del ser, donde se vislumbra la capacidad humana para alcanzar la cura del alma. Pienso esto al modo en que Nietzsche pensaba la tragedia: en su época, los estudiosos se preguntaban las razones por las cuales sólo entre los griegos ella tuvo lugar como una institución de concursos y representaciones en las que participaron Esquilo, Sófocles y Eurípides, entre otros. Nietzsche respondió que la tragedia tenía como objetivo que los ciudadanos de la polis afrontaran la única verdad cierta entre los hombres: la muerte. La tragedia posibilitó a los griegos avanzar hacia un conocimiento profundo de la existencia humana. Pero soportar una representación trágica sólo era posible gracias a que los coristas cantaban y atenuaban el sentimiento trágico de la obra. Cuando Eurípides innovó la técnica representativa eliminando el Coro y desarrollando algo más parecido al teatro, condenó a la tragedia a la extinción.

 

 

Gastón BachelardGastón Bachelard

 

 

Pero entre nosotros aún existe la poesía (y el psicoanálisis). Para Gastón Bachelard, el poeta puede despertar conciencia con imágenes. Una ensoñación no se cuenta: se escribe, se lee, se repite y resuena en nosotros, nos comunica. El amor sería, en consecuencia, el contacto de dos  ensoñaciones: existe el amor escrito. Y es aquí donde encontramos en Bachelard la consideración más importante, la que nos hace afirmar la cura a través de la poesía: la imaginación intenta un futuro, factor de imprudencia que nos aleja “de las pesadas estabilidades”. Hipótesis de vidas que amplían la nuestra poniéndonos en confianza dentro del universo pues, en un mundo que nace de él, el hombre puede llegar a ser libre (ya lo había enunciado Giovanni Pico della Mirandola).

 

 

Es la poesía la llamada a llenar el lugar de la tragedia y a encararla, lo cual brindará al hombre el entendimiento de nuestra condición: todo hombre es un nosotros y las vivencias de los poetas, al repercutir el alma y transformarla, iluminan el camino que otros han recorrido para concebir entre la vida y la muerte, la vivencia del disfrute y regocijo de la existencia. La visión del placer y del dolor, del sacrificio pagado por ser y la reconciliación con la muerte. Y aun más allá: si, tal como señala Bachelard, la imaginación poética es el factor de imprudencia que nos aleja de las pesadas estabilidades y produce hipótesis de vidas que amplían la nuestra poniéndonos en confianza con el universo, la poesía elevada a categoría de enseñanza colectiva es el medio para lograr al súper hombre, no aquel pensado por Nietzsche desprendido de todo y de todos, sino uno que escuche la voz y comprenda su sentido al comunicarse con las cosas del mundo. Esa voz cuyo origen se nos escapa, pero que ha estado hablando y fijando la justicia de los lugares distintos desde que el mundo es mundo, lugares donde las almas pueden desarrollarse y hacerse libres. Un reencantamiento de los hechos más allá del bienestar material brindado por la ciencia. Tierra de hiperbóreos surrealistas, donde se haya alcanzado el equilibrio y el gozo de la poesía, “ese No-Yo mío que me permite ser feliz, liberado de la función de lo real”.

 

 

Referencias

 

 

-Bachelard, Gastón, Poética del espacio (Ernestina de Champourcin, trad.), México, Fondo de Cultura Económica, 2000).

-Bachelard, Gastón, Poética de la ensoñación (Ida Vitale, trad.), México, Fondo de Cultura Económica, 1982.

 

Texto Original: A del Toro Huerta