Category: RECOMENDACIONES LITERARIAS


aqui, el texto que forma parte del concepto de Alphaville:

nueva refutacion del tiempo

El día de su vigésimo cumpleaños también trabajó de camarera, como de costumbre. Le tocaba todos los viernes, pero, de hecho, aquél viernes por la noche no debería haber trabajado. Había intercambiado su turno con otra chica que también trabajaba por horas. Lógico. La mejor manera de pasar el vigésimo cumpleaños no es sirviendo gnocchi de calabaza y fritto misto di mare entre los berridos del cocinero. Pero el resfriado de la compañera con quien debería haber intercambiado el turno empeoró y ésta tuvo que meterse en cama. Con casi cuarenta grados de fiebre y una diarrea imparable, no podía ir a trabajar. Esa era la situación. Y fue ella quien tuvo que acudir apresuradamente al trabajo.

 

 

–No te preocupes -consoló por teléfono a la enferma ante sus disculpas-. No porque una cumpla veinte años tiene que hacer algo especial.

En realidad, la decepción no había sido muy grande. Y una de las razones era que, días atrás, había tenido una seria disputa con su novio, la persona con quien debería de haber pasado la noche de su cumpleaños. Salían juntos desde la época del instituto y la pelea había empezado por una tontería.

Pero la historia se había complicado de manera insospechada y, tras corresponder a una palabra ofensiva con otra insultante, y viceversa, ella sintió que se habían roto de manera irreversible los lazos que los unían. En su corazón, algo se había endurecido como una piedra y había muerto. Después de la pelea, él no la había llamado y a ella tampoco le apeteció llamarlo a él.

 

 

Trabajaba en un restaurante italiano bastante conocido de Roppongi *.

El local databa de mediados de los sesenta y su cocina, pese a carecer del ingenio de la cocina de vanguardia, era excelente, con lo que uno no se hartaba de comer allí. El ambiente era tranquilo y relajado, nada agobiante. La clientela habitual la componían, más que jóvenes, gente madura y, entre ella, se contaban algunos escritores y actores famosos, cosa nada de extrañar en aquella zona.

Dos camareros fijos trabajaban seis días a la semana. Ella y otra estudiante trabajaban a tiempo parcial, por turno, tres días a la semana cada una. Además había un encargado. Y una mujer delgada de mediana edad que se sentaba tras la caja registradora.

Se decía que la mujer llevaba en el mismo sitio desde la inauguración del local. Apenas se alzaba de su asiento, como la patética abuela de La pequeña Dorrit de Dickens. Cobraba y se ponía al teléfono. No tenía otra función. No abría la boca si no era estrictamente necesario. Siempre vestía de negro. Su apariencia era dura, fría y, de estar flotando en el mar de noche, el barco que hubiese chocado con ella seguro que se habría hundido.

El encargado rondaba la cincuentena. Era alto, ancho de espaldas, posiblemente, de joven, había sido deportista. Ahora empezaba a echar barriga y papada. El pelo, corto y duro, le clareaba un poco por la coronilla. Lo envolvía, en silencio y soledad, el olor propio de los solterones.

Un olor a caramelos de eucalipto y papeles de periódico guardados juntos en un cajón. Un tío soltero de la chica olía de la misma forma.

El encargado vestía traje negro, camisa blanca y llevaba pajarita. No una de esas de corchete, sino de las que se anudan de verdad. Era muy diestro y podía hacerse el lazo sin mirar al espejo. Para él, eso era un motivo de orgullo. Su trabajo consistía en controlar las entradas y salidas de la clientela, saber cómo iban las reservas, conocer el nombre de los clientes habituales, saludarlos sonriente cuando venían, escuchar con aire sumiso las posibles quejas, responder con la mayor precisión posible a las preguntas especializadas sobre vinos y supervisar el trabajo de los camareros. Desempeñaba su labor, día tras día, con eficacia. Otra de sus funciones era llevarle la cena al propietario del local.

 

 

— El dueño tenía una habitación en la sexta planta del mismo edificio. No sé si vivía allí o si la utilizaba como despacho – dice ella.

Ella y yo hemos empezado a hablar por casualidad sobre nuestro vigésimo cumpleaños. Sobre cómo pasamos el día y demás. La mayoría de la gente recuerda muy bien el día en que cumplió los veinte años. Ella hace más de diez años que los ha cumplido.

— Pero el dueño, vete a saber por qué, no aparecía nunca por el restaurante. El único que lo veía era el encargado, solamente él le llevaba la comida. Los trabajadores subalternos ni siquiera sabíamos qué cara tenía.

— ¿O sea que el propietario encargaba todos los días la comida a su propio restaurante? — Pues sí – dice ella -. Todos los días, pasadas las ocho, el encargado le llevaba al dueño la cena a su habitación. Era la hora en que el local estaba más lleno y que el encargado desapareciera justo en ese momento suponía un problema, pero no había nada que hacer. Así había sido desde siempre. El encargado ponía la comida en un carrito de esos del servicio de habitaciones de los hoteles, lo empujaba con aire sumiso hasta el ascensor, subía y, unos diez minutos después, regresaba con las manos vacías. Una hora más tarde volvía a subir y bajaba el carrito con los platos y vasos vacíos. Y eso se repetía, día tras día, de manera idéntica. La primera vez que lo vi me quedé de piedra. Parecía un ritual religioso. Pero después me acostumbré y dejé de prestarle atención.

 

 

El dueño comía siempre pollo. La manera de cocinarlo y las verduras de guarnición variaban según el día, pero tenía que ser pollo. Un cocinero joven me contó una vez que le había servido el mismo pollo asado una semana seguida para ver qué pasaba, pero que no le oyó una sola queja. Con todo, los cocineros intentan siempre idear nuevas recetas y los sucesivos chefs se imponían el reto de cocinar el pollo de todas las maneras posibles.

Elaboraban salsas complicadas. Probaban el pollo de distintos proveedores. Pero todos sus esfuerzos resultaban tan inútiles como lanzar piedrecitas en el abismo de la nada. No había reacción alguna. Y todos acababan resignándose a cocinar, día tras día, un plato de pollo corriente y moliente. Que fuese pollo era todo lo que se les pedía.

 

 

El día de su vigésimo cumpleaños, un diecisiete de noviembre, la jornada laboral se inició como de costumbre.

La llovizna que había empezado a caer a primeras horas de la tarde se convirtió, al anochecer, en un aguacero.

A las cinco, el personal se reunía a escuchar las explicaciones del encargado sobre el menú del día. Los camareros debían aprendérselo palabra por palabra, sin llevar chuleta. Ternera a la milanesa, pasta con sardinas y col, mousse de castaña. A veces, el encargado hacía el papel de cliente y los camareros tenían que responder a sus preguntas. Luego comían lo que les servían. No fuera a ser que les sonaran las tripas mientras les anunciaban el menú a los clientes.

El restaurante abría a las seis, pero, debido al aguacero, aquel día los clientes se retrasaban. Incluso hubo quien canceló la reserva. Las mujeres detestan mojarse el vestido.

El encargado mantenía los labios apretados con aspecto malhumorado y los camareros, para matar el tiempo, limpiaban los saleros o hablaban con el cocinero sobre la comida. Ella recorría con la mirada el comedor, ocupado sólo por una pareja, mientras escuchaba la música de clavicordio que sonaba a bajo volumen por los altavoces del techo. El profundo olor de la lluvia de finales de otoño invadía el comedor.

 

 

Eran las siete y media pasadas de la tarde cuando el encargado empezó a encontrarse mal. Se derrumbó tambaleante sobre una silla y permaneció unos instantes apretándose el vientre.

Como si hubiese recibido en la barriga el impacto de una bala. Grasientas gotas de sudor le poblaban la frente.

— Creo que debería ir al hospital – dijo con voz pesada.

Era muy raro que se encontrara mal.

Desde que empezó a trabajar en el restaurante, diez años atrás, no había faltado un solo día. Jamás había estado enfermo, nunca se había hecho daño. Ese era otro motivo de orgullo para el encargado. Pero su cara contraída por el dolor anunciaba que la cosa iba en serio.

Ella abrió un paraguas, salió a la calle principal y paró un taxi. Un camarero sostuvo al encargado hasta el taxi, lo ayudó a subir y lo llevó a un hospital cercano. Antes de montar en el taxi, el encargado le dijo a ella con voz ronca:

— A las ocho, lleva la cena a la habitación seiscientos cuatro. Sólo tienes que llamar al timbre, decir: “Aquí tiene su comida”, y dejarla allí.

— La seiscientos cuatro, ¿verdad? – dijo ella.

— A las ocho en punto – insistió el encargado. Hizo otra mueca de dolor.

La portezuela del taxi se cerró y él se fue.

 

 

Tras la marcha del encargado, siguió sin amainar la lluvia y los clientes continuaron llegando sólo de cuando en cuando. Únicamente había una o dos mesas ocupadas a la vez.

Así que no representó ningún problema que el encargado y uno de los camareros se hubieran ido. Si se quiere, puede llamarse a eso buena suerte. No eran pocas las veces en que había tanto trabajo que les costaba controlar la situación aun estando todo el personal reunido.

A las ocho, cuando estuvo lista la cena del dueño, condujo el carrito hasta el ascensor, lo cargó dentro y subió al sexto piso. Un botellín de vino tinto descorchado, una cafetera llena, el plato del pollo, las verduras tibias de acompañamiento, pan y mantequilla: lo mismo de siempre. El denso olor de la carne llenó pronto el pequeño ascensor, mezclado con los efluvios de la lluvia. Al parecer, alguien había subido en el ascensor con el paraguas mojado ya que en el suelo había un pequeño charco.

Avanzó por el pasillo, se detuvo ante la puerta 604 y repitió para sí, una vez más, el número que le habían dado. El 604. Y tras un carraspeo, pulsó el timbre que había junto a la puerta.

Nadie respondió. Ella permaneció inmóvil ante la puerta unos veinte segundos. Cuando se disponía a pulsar el timbre de nuevo, la puerta se abrió hacia dentro, de repente, y apareció un anciano pequeño y delgado. Sería unos siete centímetros más bajo que ella. Llevaba traje oscuro y corbata.

La camisa era de color blanco y la corbata tenía la tonalidad de la hojarasca. Pulcro, sin una arruga, el pelo cuidadosamente alisado, parecía listo para acudir a una fiesta de noche. Las profundas arrugas que le surcaban la frente hacían pensar en escondidos valles fotografiados desde el aire.

— Aquí tiene su cena – dijo ella con voz ronca. Y volvió a carraspear ligeramente. El nerviosismo siempre le enronquecía la voz.

— ¿La cena? — Sí. El señor encargado se ha sentido indispuesto de repente y le traigo yo la cena en su lugar.

— ¡Ah, claro! – dijo el anciano, como si hablara para sí, con una mano apoyada en el pomo de la puerta – Ya veo. ¿Así que se encuentra mal?

— Sí. Le ha empezado a doler el estómago de repente. Y ha ido al hospital. Dice que posiblemente se trate de apendicitis.

— ¡Vaya! – exclamó el anciano ¡Qué mal! –

Ella carraspeó. — ¿Desea el señor que le entre la cena?

— ¡Ah, claro! – dijo el anciano -. Si tú quieres.

“¿Si yo quiero?”, pensó ella. Vaya manera más extraña de hablar. ¿Qué diablos voy a querer yo? El anciano abrió la puerta de par en par y ella empujó el carrito hacia dentro. Una alfombra gris de pelo corto cubría el suelo por completo y no era preciso quitarse los zapatos al entrar. Parecía más un despacho que una vivienda y se había acondicionado la habitación como un amplio estudio.

Por la ventana se veía, tan cercana que casi parecía que pudiera tocarse, la Torre de Tokio ** completamente iluminada. Ante la ventana había un gran escritorio y, junto a éste, un pequeño tresillo. El anciano señaló una mesita que había delante del sofá.

Una mesita baja de superficie plastificada. Ella dispuso allí la cena.

La blanca servilleta de tela y los cubiertos de plata. La cafetera y la taza de café, el vino y la copa, el pan y la mantequilla, y, por fin, el plato de pollo y la guarnición de verduras.

— Vendré a recogerlo todo dentro de una hora, señor. ¿Será tan amable de sacar los platos vacíos al pasillo como de costumbre? – preguntó ella.

El anciano contempló durante unos instantes con profundo interés la comida dispuesta sobre la mesita y, después, respondió como si se acordara de repente.

— ¡Ah, claro! Los dejaré en el pasillo. En el carrito. Dentro de una hora. Si así lo quieres.

“Sí, en este momento, eso es lo que quiero”, se dijo ella para sus adentros.

— ¿Desea algo más el señor?

— No, nada más – respondió el anciano tras pensárselo unos instantes.

Llevaba unos zapatos de piel de color negro, bruñidos y brillantes. Unos zapatos de pequeño tamaño, muy elegantes. “¡Qué bien vestido va!”, pensó ella. “Y tiene muy buen porte para su edad.”

— Entonces, con su permiso…

— No, espera un momento – dijo el anciano.

— Sí. ¿Qué desea?

— Oye, jovencita, ¿podrías dedicarme cinco minutos de tu tiempo? – preguntó el anciano -. Me gustaría hablar contigo.

“¿Jovencita?” Al oírlo, se ruborizó.

— Sí. Claro. No creo que haya problema. Es decir, si se trata de cinco minutos – dijo.

¡Pero si ella era una empleada suya que cobraba por horas! No se trataba de ofrecer o de quitarle el tiempo a nadie. Además, el anciano parecía una persona incapaz de hacerle daño.

— Por cierto, ¿cuántos años tienes? – preguntó el anciano, de pie al lado de la mesa, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándola directamente a los ojos.

— Pues ahora tengo veinte – dijo ella.

— ¿Ahora tienes veinte? – repitió el anciano. Y entrecerró los ojos como si estuviera atisbando por una rendija -. Eso de que ahora tienes veinte debe de significar que no hace mucho que los tienes, ¿verdad?

— Pues no, señor. Los acabo de cumplir. – Y, tras dudar unos instantes, añadió : – En realidad, hoy es mi cumpleaños.

— ¡Ah, claro! – dijo el anciano acariciándose la barbilla como si quisiera convencerse de algo -. ¡Ah, claro! Ya veo. Así que hoy cumples veinte años.

Ella asintió en silencio.

— Justo hace veinte años que, en un día como hoy, tú viste la luz por primera vez.

— Pues sí, en efecto.

— ¡Ya veo! ¡Ya veo! – exclamó el anciano -. ¡Qué bien! ¡Felicidades!

— Muchas gracias – dijo ella. Pensándolo bien, era la primera vez que la felicitaban aquel día. Claro que, al volver a su apartamento, tal vez encontrara un mensaje de sus padres desde Ôita en el contestador automático.

— Eso hay que celebrarlo – dijo el anciano -. Es algo magnífico. ¿Qué te parece, jovencita? ¿Brindamos con un poco de vino tinto?

— Muchas gracias. Es que estoy trabajando y…

— Por un poco de vino no pasa nada. Además, si te invito yo, nadie va a decirte nada. Sólo un sorbito, para celebrarlo.

El anciano extrajo el tapón de corcho, le sirvió a ella un poco de vino en la copa, sacó otra copa para él de un pequeño armario con puerta de cristal, una copa normal y corriente, y se la llenó de vino.

— ¡Feliz cumpleaños! – dijo el anciano -. Que tu vida sea rica y fructífera. Que ninguna sombra la empañe jamás.

Brindaron los dos.

“Que ninguna sombra la empañe jamás.” Repitió ella para sí las palabras del anciano. ¿Por qué hablaría aquel hombre de forma tan peculiar?

— Veinte años sólo se cumplen una vez en la vida. Y son algo tan valioso, jovencita, que no pueden ser reemplazados por nada.

— Sí – repuso ella. Y bebió, con cautela, un único sorbo de vino.

— Y tú, en un día tan importante como éste, me has traído la cena, Igual que un hada bondadosa.

— Yo me he limitado a hacer lo que me han dicho.

— Incluso así – dijo el anciano. – Incluso así. Hermosa jovencita.

El anciano se sentó en un sillón de piel que había delante del escritorio. Y le señaló el sofá. Ella se sentó en la punta del asiento, todavía con la copa de vino en la mano. Con las dos rodillas juntas, tiró del dobladillo de la falda. Y carraspeó. Miró cómo los gruesos goterones de lluvia trazaban líneas al otro lado del cristal. En la habitación reinaba un extraño silencio.

— Hoy cumples veinte años y, además, me has traído una magnífica comida caliente  -dijo el anciano como si quisiera confirmarlo una vez más. Y dejó la copa sobre el escritorio con un golpecito. – ¡Qué dichosa coincidencia! ¿No te parece? –

Ella asintió, no muy convencida.

— Así, pues – dijo el anciano, palpándose el nudo de la corbata de tonalidad parecida a la hojarasca -, voy a hacerte un regalo, jovencita. Un día tan especial como el del vigésimo cumpleaños requiere un recuerdo también muy especial.

Ella sacudió precipitadamente la cabeza.

— ¡Oh, no! No se moleste, se lo ruego. Yo sólo le he traído la cena porque así me lo han ordenado.

El anciano levantó ambas manos con las palmas vueltas hacia delante.

— ¡Oh, no, no! Eres tú quien no debe preocuparse. Es un regalo que no tiene forma. No tiene valor. En fin – dijo posando ambas manos sobre la mesa. Y lanzó un suspiro -. En fin, que voy a satisfacer un ruego tuyo. Mi joven y preciosa hada. Voy a hacer que se cumpla un deseo. El que tú quieras. No importa cuál. Cualquier deseo que tengas. En el caso de que tengas alguno, por supuesto.

— ¿Un deseo? – dijo ella con voz seca.

Algo que tú quieras. Lo que tú desees, jovencita. De tenerlos, te concederé uno de tus deseos. Éste es el regalo de cumpleaños que puedo hacerte. Pero se trata sólo de uno, así que tienes que pensártelo muy, muy bien – dijo el anciano alzando un dedo en el aire -. Únicamente uno. Después no podrás cambiar de idea y echarte atrás.

Ella perdió el habla. ¿Un deseo? Impulsada por el viento, la lluvia azotaba a ráfagas los cristales con un sonido desigual. El silencio proseguía. Mientras, el anciano la miraba sin articular palabra. En el fondo de los oídos de ella resonaban los latidos irregulares de su corazón.

— ¿Concederme algo que yo desee? El anciano no respondió a su pregunta. Todavía con las manos unidas sobre el escritorio, se limitó a sonreír. Fue una sonrisa natural y amistosa.

— Jovencita, ¿tienes algún deseo? ¿O no? – dijo el anciano con voz serena.

 

 

Ella me mira de frente.

— Esto sucedió de veras. No me lo estoy inventando.

— No, claro que no – digo yo. Ella no es el tipo de persona que se inventa las cosas . – ¿Y qué deseo le pediste?

Ella mantiene por unos instantes la mirada fija en mí. Lanza un pequeño suspiro.

— No vayas a pensar que me creí a pies juntillas todo lo que me decía el anciano. Vamos, que yo, a los veinte años, no creía en cuentos de hadas. Claro que, aun suponiendo que se tratara de una broma que se había inventado sobre la marcha, no puede negarse que tenía su gracia. El anciano tenía mucha clase y yo decidí seguirle la corriente. Aquel día yo cumplía veinte años y no estaba nada mal que sucediera algo fuera de lo normal. No se trataba de si me lo creía o no.

Asiento en silencio

– ¿Entiendes cómo me sentía? El día de mi cumpleaños iba a acabar así, sin más. Sin que pasara nada, sin nadie que me felicitase, sirviendo tortellini con salsa de anchoas. ¡Y yo cumplía veinte años!

Asiento de nuevo. –Te comprendo – digo.

— Así que formulé un deseo, tal como me decía – me cuenta ella.

 

 

El anciano permaneció unos instantes mirándola fijamente, sin decir palabra. Seguía con las manos posadas sobre el escritorio. Encima se amontonaban gruesas carpetas similares a libros de cuentas. También había utensilios para escribir, un calendario y una lámpara con la pantalla de color verde. Aquel par de manitas parecía formar parte del mobiliario. La lluvia seguía azotando los cristales de la ventana y, más allá, se veían borrosas las luces de la Torre de Tokio.

Las arrugas del anciano se hicieron un poco más profundas.

— ¿O sea que éste es tu deseo?

— Sí

— Es un deseo muy raro para una chica de tu edad – dijo el anciano -.

Lo cierto es que me esperaba otro tipo de cosa.

— Si no puede ser, pediré algo distinto – dijo ella. Y carraspeó otra vez -. No importa. Pensaré en otra cosa.

— ¡Oh, no, no! – dijo el anciano levantando ambas manos y agitándolas en el aire como si fueran una bandera. – No hay ningún problema. En absoluto. Sólo que me has pillado por sorpresa, jovencita. ¿Seguro que no deseas nada distinto? Como, por ejemplo, ser más hermosa, o más inteligente, o rica? No te importa no pedir una cosa de esas? ¿Uno de los deseos que pediría cualquier chica de tu edad?

Me tomé mi tiempo para escoger las palabras adecuadas. Mientras tanto, el anciano aguardaba paciente y sin decir nada. Con las dos manos apaciblemente posadas sobre el escritorio.

— Claro que me gustaría ser más guapa, y más inteligente, y rica. Pero si estos deseos se realizaran, no puedo ni imaginar qué sería de mí. Tal vez se me escapara todo de las manos. Yo aún no sé muy bien de qué va la vida. En serio. No sé cómo funciona.

— ¡Ah, claro! – dijo el anciano entrecruzando los dedos y descruzándolos a continuación. – ¡Ah, claro!

— ¿Mi deseo es posible?

— Por supuesto – dijo el anciano. – Por supuesto. Por mi parte, no hay ningún problema.

De repente, el anciano clavó la vista en un punto del espacio. Las arrugas de la frente cobraron todavía mayor profundidad. Como si los pliegues del cerebro estuviesen concentrados en una idea. Parecía estar mirando algo – una diminuta pluma invisible a nuestros ojos, por ejemplo – que flotara en el aire. Luego extendió ambos brazos, se alzó un poco del asiento y entrechocó las palmas de las manos con energía. Sonó un chasquido seco.

Después se sentó. Se palpó suavemente las arrugas de la frente con las yemas de los dedos y esbozó una plácida sonrisa.

— ¡Ya está! Tu deseo se ha cumplido.

— ¿Ya se ha cumplido?

— Sí, ya se ha cumplido. Ha sido una tarea fácil – dijo el anciano- – Feliz cumpleaños, hermosa jovencita. Sacaré el carrito al pasillo, así que no te preocupes. Puedes volver a tu trabajo.

Montó en el ascensor y regresó al restaurante. Puede que se debiera a que iba con las manos vacías, pero sentía el cuerpo extrañamente liviano, tenía la impresión de estar andando sobre una materia blanda de naturaleza desconocida.

— ¿Te ha ocurrido algo? Parece que estés en la luna – le preguntó el camarero joven.

Ella sacudió la cabeza con una vaga sonrisa.

— ¿Ah, sí? Pues no me ha pasado nada.

— Oye, ¿y cómo es el dueño?

— Pues, no sé. Apenas lo he visto – respondió ella con indiferencia.

 

 

Una hora y media más tarde fue a recoger los cacharros. Estaban sobre el carrito, en el pasillo. Levantó la tapa y vio que, de la comida, no quedaba ni una miga y que la botella de vino y la cafetera también estaban vacías. La puerta de la habitación 604 estaba cerrada sin señal alguna. Ella permaneció unos instantes mirándola en silencio. Le daba la impresión de que iba a abrirse de un momento a otro.

Pero no sucedió. Bajó el carrito en el ascensor y lo llevó al fregadero.

El cocinero miró los platos, vacíos como de costumbre, y asintió de forma inexpresiva.

 

 

— No volví a ver al dueño jamás – dice ella -. Lo del encargado fue sólo un dolor de barriga y, al día siguiente, fue él quien le llevó la comida al dueño; además, al empezar el año yo dejé el trabajo. Y luego no volví nunca al restaurante. No sé por qué, pero me daba la sensación de que era mejor mantenerme alejada. No sé, tenía una especie de presentimiento.

Ella jugueteaba con el posavasos mientras pensaba en algo.

— A veces, me parece que todo lo que ocurrió la noche del día de mi vigésimo cumpleaños fue sólo una ilusión. Que, sea por lo que sea, acabó convenciéndome de que ocurrió algo que en realidad no ocurrió. Que únicamente se trata de eso. Pero ¿sabes? Aquello sucedió, sin ningún género de dudas. Aún hoy puedo recordar al detalle, con toda claridad, cada uno de los muebles y objetos que había en la habitación 604. Aquello ocurrió de verdad y, posiblemente, tuvo un gran significado para mí.

 

 

Durante unos instantes, los dos permanecemos en silencio, tomando nuestras respectivas bebidas y pensando, tal vez, en cosas diferentes.

— ¿Puedo hacerte una pregunta? – le digo. – Aunque, hablando con propiedad, son dos.

— Sí – dice ella. – Pero me imagino que lo que quieres saber no es otra cosa que cuál fue mi deseo, ¿me equivoco?

— No parece que quieras decírmelo.

— ¿Eso parece?

Asiento.

Ella deja el posavasos y entrecierra los ojos como si estuviera mirando algo en la distancia.

— Los deseos no deben contarse a nadie.

— Ni yo pretendo sonsacártelo – digo. – Lo que me gustaría saber es si tu deseo se ha cumplido. Y si tú te has arrepentido alguna vez de haber elegido el deseo que elegiste, fuera el que fuese. Es decir, si alguna vez has pensado: “¡Ojalá hubiera pedido otra cosa!”.

— La respuesta a la primera pregunta es sí y no. Mi vida todavía sigue y no sé qué va a sucederme en el futuro.

— ¿O sea que es un deseo que tarda tiempo en realizarse?

— Sí -dice ella. – El tiempo desempeña aquí un papel importante.

— ¿Como en la elaboración de algunas comidas? Ella asiente.

Reflexiono un poco al respecto. Pero la única imagen que acude a mi cabeza es la de una gigantesca tarta cociéndose en un horno a baja temperatura.

— ¿Y la segunda pregunta? – quiero saber.

— ¿Cuál era la segunda pregunta?

— Si te has arrepentido alguna vez de tu elección.

Hay un breve silencio. Ella me mira con ojos faltos de profundidad. En sus labios aflora la sombra marchita de una sonrisa. A mí me recuerda a una renuncia silenciosa y triste.

— Yo ahora estoy casada con un miembro de la Contaduría del Estado tres años mayor que yo y tengo dos hijos – me cuenta. – Un niño y una niña. Y un setter irlandés. Y monto en mi Audi para ir dos veces por semana a jugar al tenis con mis amigas. Esta es mi vida ahora.

— Pues no parece tan mala, la verdad – digo.

— ¿Aunque el parachoques tenga dos abolladuras?

— ¡Pero si los parachoques están para ser abollados!

–Eso tendría que ir en una pegatina – dice ella. – Los parachoques están para ser abollados.

Le miro los labios.

— Lo que quiero decir – prosigue ella en voz baja. Se rasca el lóbulo de la oreja. Un lóbulo muy bien formado – es que una persona, desee lo que desee, llegue hasta donde llegue, jamás puede dejar de ser ella misma. Sólo eso.

— Eso tampoco quedaría mal en una pegatina: “Una persona, llegue hasta donde llegue, jamás puede dejar de ser ella misma”.

Ella se ríe alegremente a carcajadas. Y aquella sombra marchita de una sonrisa desaparece como por ensalmo.

Ella hinca un codo en la barra y me mira.

— Oye, si tú hubieras estado en mi situación, ¿qué habrías pedido?

— ¿Te refieres a la noche de mi vigésimo cumpleaños?

— Sí – dice.

Reflexiono durante largo rato. Pero no se me ocurre ningún deseo.

— Pues no se me ocurre nada – le digo con franqueza. – Mi vigésimo cumpleaños queda ya demasiado lejos.

— ¿Nada? ¿En serio?

Asiento.

— ¿Ni uno?

— Ni uno – digo yo.

Ella vuelve a mirarme a los ojos. Una mirada muy franca y directa.

— Seguro que ya lo habrás pedido – me dice.

 

 

— Pero se trata sólo de uno, hermosa jovencita, así que tienes que pensártelo muy, muy bien. – En las tinieblas, un anciano que llevaba una corbata de la tonalidad de la hojarasca alzó un dedo en el aire. – Únicamente uno. Después, no podrás cambiar de idea y echarte atrás.

 

 

 

* Elegante barrio de Tokio famoso por sus restaurantes, bares y discotecas.

** Torre de acero de 333 metros de altura. Desde 1958 es la estructura metálica más alta del mundo (la Torre Eiffel de París tiene 320 metros). 

Por decirlo de la forma más sencilla posible, para mí escribir novelas es un reto, escribir cuentos es un placer. Si escribir novelas es como plantar un bosque, entonces escribir cuentos se parece más a plantar un jardín. Los dos procesos se complementan y crean un paisaje completo que atesora. El follaje verde de los árboles proyecta una sombra agradable sobre la tierra, y el viento hace crujir las hojas, que a veces están teñidas de oro brillante. Mientras tanto, en el jardín aparecen yemas en las flores y los pétalos de colores atraen a las abejas y a las mariposas, y ello nos recuerda la sutil transición de una estación a la siguiente.

 

 

Desde el comienzo de mi carrera de escritor de obras de ficción en 1979 he alternado con bastante constancia entre escribir novelas y escribir cuentos. Mi pauta ha sido ésta: una vez termino una novela, siento el deseo de escribir algunos cuentos; una vez he hecho un grupo de cuentos, entonces me entran ganas de concentrarme en una novela. Nunca escribo cuentos mientras estoy escribiendo una novela, y nunca escribo una novela mientras estoy trabajando en unos cuentos.

Bien puede ser que los dos tipos de género hagan funcionar partes distintas del cerebro y se necesite cierto tiempo para pasar de uno a otro.

 

 

En 1973 empecé mi carrera literaria con dos novelas cortas, Oíd cantar el viento  y Billar eléctrico; y fue después, de 1980 a 1981, cuando comencé a escribir cuentos. Los tres primeros fueron Un barco lento a China,  La tía pobre y  La tragedia de la mina de carbón de Nueva York. En aquel tiempo, poca idea tenía yo de cómo escribir cuentos, así que me resultó difícil, pero la verdad es que encontré la experiencia realmente memorable. Sentí que las posibilidades de mi mundo ficticio aumentaban en varios niveles. Y, al parecer, los lectores apreciaron esta otra vertiente mía como escritor. Un barco lento a China, se incluyó en mi primera colección de cuentos, El elefante desaparece, y los otros dos se encuentran en la presente colección. Ese fue mi punto de partida como autor de cuentos y también el momento en el que creé mi sistema de alternar novelas y cuentos.

 

 

El espejo, Un día perfecto para los canguros, Somorgujo, El año de los espaguetis  y Conitos formaron parte de una colección de “relatos breves” que escribí de 1981 a 1982.

Conitos, como pueden ver fácilmente los lectores, revela en forma de fábula mis impresiones del mundo literario cuando me publicaron por primera vez.

En aquel momento no pude integrarme bien en el establishment literario japonés y esta situación persiste hoy día.

 

 

Uno de los placeres de escribir cuentos es que no se tarda tanto tiempo en terminarlos. Generalmente me lleva alrededor de una semana dar a un cuento una forma presentable (aunque las correcciones pueden ser interminables). No es como la total entrega física y mental que se requiere durante el año o los dos años que tardas en redactar una novela. Entras en una habitación, terminas tu trabajo y sales. Eso es todo. Para mí, al menos, escribir una novela puede parecer una tarea que nunca acaba y a veces me pregunto si voy a salir vivo del empeño. Así que encuentro que escribir cuentos es un cambio de ritmo necesario.

 

 

Otra cosa agradable de escribir cuentos es que puedes crear un argumento a partir de los detalles más nimios…, una idea que brota en tu mente, una palabra, una imagen, cualquier cosa. En la mayoría de los casos es como la improvisación en el jazz, y el argumento me lleva a donde a éste le plazca. Y otra cosa buena es que en el caso de los cuentos no tienes que preocuparte por el fracaso. Si la idea no sale como esperabas, te encoges de hombros y te dices que no todas pueden salir bien. Incluso en el caso de maestros del género como F. Scott Fitzgerald y Raymond Carver -hasta en el caso de Antón Chéjov- no todos los cuentos son obras maestras. Para mí esto es un gran consuelo. Puedes aprender de tus errores (dicho de otro modo, aquellos a los que no puedes llamar éxitos totales) y usarlos en el siguiente cuento que escribas. En mi caso, cuando escribo novelas me esfuerzo mucho por aprender de los éxitos y los fracasos que experimento cuando escribo cuentos. En ese sentido, para mí el cuento es una especie de laboratorio experimental como novelista. Es difícil hacer experimentos como a mí me gusta dentro del marco de una novela, de modo que sé que, sin cuentos, la tarea de escribir novelas resultaría aún más difícil y exigente.

 

 

Me considero esencialmente novelista, pero muchas personas me dicen que prefieren mis cuentos a mis novelas.

Eso no me preocupa y no intento convencerlas de lo contrario. De hecho, me gusta que me lo digan. Mis cuentos son como sombras delicadas que he puesto en el mundo, huellas borrosas que han dejado mis pies. Recuerdo con exactitud dónde puse cada uno de ellos y cómo me sentí en aquel momento. Los cuentos son como postes que indican el camino para llegar a mi corazón, y me siento feliz, como escritor, de poder compartir estos sentimientos íntimos con mis lectores.

 

 

El elefante desaparece se publicó en 1991 y se tradujo luego a muchos otros idiomas. La colección Después del terremoto apareció el año 2000 en Japón. Este libro contenía seis cuentos relacionados de una u otra forma con el terremoto de 1995 en Kobe. Lo escribí con la esperanza de que los seis cuentos formasen una imagen unificada en la mente del lector, así que tenía más de colección monográfica que de colección de relatos cortos. En ese sentido, Sauce ciego, mujer dormida, es la primera colección auténtica de cuentos que he sacado desde hace mucho tiempo.

Este libro, como es natural, contiene algunos cuentos que escribí después de que se publicara El elefante desaparece. La chica del cumpleaños, Los gatos antropófagos, El séptimo hombre y El hombre de hielo son algunos de ellos. Escribí La chica del cumpleaños a petición del editor cuando me hallaba trabajando en una antología de historias sobre cumpleaños escritas por otros autores.

 

 

Seleccionar cuentos para una antología es una tarea relativamente fácil para el escritor, si te falta uno, puedes escribirlo tú mismo. El hombre de hielo, por cierto, se basa en un sueño que tuvo mi esposa, a la vez que El séptimo hombre tiene su origen en una idea que se me ocurrió cuando era aficionado al surfing y estaba contemplando las olas.

 

 

A decir verdad, con todo, desde comienzos de 1990 hasta comienzos de 2000 escribí muy pocos cuentos. No porque hubiera perdido el interés por ellos, sino porque estuve tan ocupado escribiendo varias novelas que no tenía tiempo. No tenía tiempo para cambiar de género. Es cierto que escribía algún cuento de vez en cuando si no había más remedio, pero nunca me concentré en ellos. En lugar de eso escribía novelas: Crónica del pájaro que da cuerda al mundo; Al sur de la frontera, al oeste del sol; Sputnik, mi amor; Kafka en la orilla. Y entremedio escribí obras que no eran de ficción, las dos que componen la versión inglesa de Bajo tierra. Cada una de ellas me exigió muchísimo tiempo y energía. Supongo que en aquel entonces mi principal campo de batalla era éste: escribir una novela tras otra. Quizás era simplemente una etapa de mi vida para hacer aquello.

Mientras, igual que un intermezzo, publiqué la colección Después del terremoto, pero, como ya he dicho, en realidad no fue una colección de cuentos.

En 2005, sin embargo, por primera vez en mucho tiempo sentí un fuerte deseo de escribir una serie de cuentos. Un poderoso impulso se adueñó de mí, podríamos decir. Así que me senté ante mi escritorio, escribí a razón de un cuento por semana, aproximadamente, y terminé cinco en no mucho más de un mes. Francamente, no podía pensar en nada más que en esos cuentos y los escribí casi sin parar. Estos cinco cuentos se publicaron hace poco en Japón en un volumen titulado Cuentos extraños de Tokio y aparecen reunidos al final de Sauce ciego, mujer dormida.

Como indica el título, todos comparten el hecho de ser extraños, y en Japón salieron en un solo volumen. A pesar de tener un tema en común, cada cuento puede leerse con independencia de los otros y no forman una sola unidad definida claramente como los cuentos de Después del terremoto. Pensándolo bien, sin embargo, todo lo que escribo es, más o menos, un cuento extraño.

 

 

Cangrejo, La tía pobre, El cuchillo de caza y Sauce ciego, mujer dormida se han revisado en gran medida antes de traducirlos, por lo que las versiones que aparecen ahora son muy diferentes de las primeras que se publicaron en Japón. También en varios de los cuentos anteriores encontré detalles que no acababan de gustarme e hice algunos cambios de poca importancia.

Asimismo debería mencionar que muchas veces he reescrito cuentos y los he incorporado a novelas; la presente colección contiene varios de estos cuentos. El pájaro que da cuerda al mundo y Las mujeres del martes (incluidos en El elefante desaparece) se convirtieron en el modelo del principio de la novela Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y, de modo parecido, tanto La luciérnaga como Los gatos antropófagos se incorporaron, con algunos cambios, a las novelas Tokio blues. Norwegian Wood y Sputnik, mi amor, respectivamente. Hubo un periodo en el que narraciones que había escrito como cuentos continuaron creciendo en mi mente, después de publicarlos, y se transformaron en novelas. Un cuento que había escrito mucho tiempo antes irrumpía en mi casa en plena noche, me zarandeaba hasta despertarme y gritaba: “¡Eh, que éste no es momento de dormir! ¡No puedes olvidarte de mí, todavía quedan cosas por escribir!”.

 

 

Impulsado por esa voz, me encontraba escribiendo una novela. También en este sentido mis cuentos y novelas se conectan dentro de mí de una manera orgánica, muy natural.

 

 

Fragmentos extraídos de Sauce ciego, mujer dormida.

La edición de este libro viene a cubrir un vacío existente en cuanto a la información que tenemos sobre la historia del cine nipón. “Cien años de cine japonés” se convierte así en una obra imprescindible para cualquier persona interesada en esta genial y prolífica filmografía.

Si realizáramos una rápida encuesta, el espectador medio solo conocería a un creador nipón, Akira Kurosawa, mientras que aquellos cinéfilos mas interesados en el tema, responderán con una afirmación ante la presencia de otros grandes directores (pero mucho mas desconocidos en el ámbito comercial) como Yasujiro Ozu, Kenji Mizoguchi o Teinosuke Kinugasa. Actualmente, en sus listas, aparecerían nombres como Takeshi Kitano o Hirokazu Kore’eda. Sin embargo, existe un enorme vacío en cuanto al desarrollo de esta industria, así como un texto en nuestra lengua capaz de condensar toda su historia contextualizándola de manera adecuada. Es aquí donde surge la figura de Donald Richie, antiguo conservador cinematográfico en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Richie ha vivido durante mucho tiempo en Japón, siendo partícipe de sus costumbres y analizando sus largometrajes de un modo muy distinto a la mayoría de los críticos occidentales, es decir, eliminando el estigma que conlleva visionar una película japonesa a través de una mirada completamente diferente.

Richie es perfectamente consciente de cómo debe enfocar esta obra, y para ello, abandona una construcción rígida de los hechos. Siguiendo un modelo cronológico, apuesta por una descripción política de la época, para de esta manera, exponernos la corriente cinematográfica que se imponía en aquel momento. El recorrido comienza en las dinastías de finales del s. XIX, con un análisis de la situación social al inicio de la Era Meiji. A partir de aquí, la llegada del cinematógrafo a Japón, la importancia del benshi (o narrador) en los largometrajes mudos y el nacimiento y avance de las grandes productoras, que dominarían el mercado hasta su caída en los años 60.

El apartado de los grandes creadores nipones lo abre con Ozu, cuya obra trata en profundidad. A éste le seguirá Mizoguchi y Mikio Naruse. La Segunda Guerra Mundial supondrá la llegada de la censura y de las películas de propaganda. La propia censura se extenderá al final de la Guerra y a la ocupación americana. Es aquí donde Richie introduce la figura de Akira Kurosawa, al cual también dedicará muchas páginas. A partir de este momento, llegará la desintegración de las productoras y la aparición de los cineastas de la Nuberu Bagu (la nouvelle vague japonesa), Nagisa Oshima, Shohei Imamura o Masahiro Shinoda (si bien el segundo no se sentiría muy cómodo en esta corriente). El repaso culminará con la implantación de las películas de yakuzas desde la década de los 70, con el fin de ganar espectadores, a un amplio repaso de los nuevos cineastas independientes que han logrado traspasar las fronteras de Japón y vencer en diversos festivales internacionales. Éste es el caso de nombres como Takeshi Kitano (que, por cierto, no cuenta con la simpatía de Richie), Kiyoshi Kurosawa, Shinji Aoyama o Jun Ichikawa. Obviamente, el crítico no se olvida del anime, al cual le dedica un breve pero eficaz repaso.

 

A pesar de la aparente densidad que se le puede atribuir a un escrito que trata toda la historia de una filmografía tan lejana, en ningún momento aburre ni tiende a la monotonía. En segundo lugar, es de admirar la manera en que hace interaccionar el tipo de cine con el momento social que se vivía en Japón, y como ejemplo destaco la aceptación de la corriente expresionista en un país que mantenía unas relaciones estables con Alemania. Finalmente, Richie nos acerca a la obra de una amplia variedad de directores, y no se estanca en los más conocidos. Nombres tan importantes y desconocidos como Kaneto Shindo, Daisuke Ito, o Kon Ichikawa ocupan un lugar relevante en este libro.

Por último, se añaden dos apéndices. El primero es un breve glosario de todo el vocabulario que inunda los párrafos. Términos como “kabuki”, “shimpa” o “mono no aware” tienen una rápida y precisa traducción a nuestro idioma. El segundo apéndice es realmente útil, ya que consiste en el resumen de todas las películas que se comentan en el libro. Los largometrajes más importantes incluyen un resumen de su argumento y los premios obtenidos. La mayoría de estas obras también se encuentran editadas en DVD o VHS.

“Cien años de cine japonés” se nos presenta como un instrumento ante todo didáctico, pero sin que por ello carezca de espíritu crítico, como una alternativa a los típicos escritos planos de dudosa rigurosidad. Elaborado sin prejuicios y con un estilo sobrio y fácil de comprender para cualquier tipo de lector, se convierte en la mejor elección a la hora de acercarse a esta fértil y genial filmografía. Un libro ideal para aquellos cinéfilos ávidos de conocimiento, pero también para ese lector medio interesado por el Séptimo Arte y que se sienta atraído por “esas películas de samuráis”.

 

Para cualquier occidental entrar en un cine japonés es una experiencia al margen de lo que pase en la pantalla. El autor lo sabe y analiza el cine en combinación con una cultura que nos sigue resultando exótica y que salía de su Edad Media al tiempo que nacía el cine. Tal vez esos comentarios o reflexiones son la parte más carnosa de esta obra para los muchos que nos sentimos atraídos por la cultura japonesa. En ese sentido la obra interesa por si misma, incluso para los que el cine japonés no despierte gran interés.

Un buen ejemplo es el narrador-intérprete, que abre la obra porque se desarrolló con el cine mudo y ha sobrevivido comentando y hasta opinando en los culebrones de televisión, con voz en off, por extraño que fuera para nosotros tener a alguien comentando por encima nuestros culebrones televisivos.

Ediciones Jaguar presenta la 2ª edición de cien años de cine japonés, que analiza con rigor y en profundidad el cine de Japón, que se ha convertido en uno de los países más interesantes cinematográficamente hablando.

Donald Richie nos ofrece una historia detallada, inteligente y muy fundamentada de ese cine. Desde sus comienzos a finales del siglo XIX, a través de los logros de Kurosawa, Mizoguchi y Ozu, hasta los notables trabajos de los jóvenes cineastas de la actualidad, esta historia concisa pero amplia da una perspectiva incomparable del crecimiento y el desarrollo de la cinematografía japonesa.

Esta segunda edición sorprendente, a le vez que necesaria, se trata de un texto mejorado en su corrección y revisión respecto de la primera edición. La colección de cine de Ediciones Jaguar pretende ofrecer al lector  bibliofilmografías de directores y actores prestigiosos, estudios de estilos y géneros cinematográficos, pasando por el análisis detallado de algunas películas. La obra no sólo repasa los nombres más importantes y sus películas, también explica como se une el cine con la filosofía y la vida cotidiana. Se trata de la re edición de una de las obras más interesantes y completas sobre el cine de Japón y su cultura visual, que abarca desde los primeros años de cine mudo hasta el final del siglo XX, incluyendo la explosión gráfica de sus diseñadores y dibujantes que alcanza a todo el mundo. La enorme popularidad del manga y del anime es tanta que han llegado a dominar todo el mercado visual y, en términos de cifras de taquilla, a representar al cine japonés ante su propio público. Se sostiene que el manga vende un tercio de todos los libros que se venden en Japón, y el anime la mitad de todas las entradas de cine.

Aquí tienes un fragmento del primer capítulo para que valores el tono y la información que maneja..

LoscomienzosylosBenshi

 

 

Una bonita mañana de Abril, en una estrecha calle del barrio chic de Harujuku en Tokio, me crucé andando con la chica 100% perfecta.

 
Diciendo la verdad, ella no era tan guapa.

No destaca de una manera concreta. Sus ropas no tienen nada especial. La parte de atrás de su pelo todavía está aplastada por haber dormido. No es joven, tampoco. Debe estar cerca de los treinta, nada cercano a una chica, hablando con propiedad. Pero aún así, lo sé desde 50 metros a la distancia: Ella es la mujer 100% perfecta para mí.

En el momento en que la veo, siento un retumbar en mi pecho y mi boca está tan seca como un desierto.
Quizás ustedes tengan su particular tipo favorito de chica – perfecta con tobillos delgados, digamos, o grandes ojos, o dedos graciosos, o se vean atraídos sin una razón, por aquellas que se toman su tiempo con cada comida.
Yo tengo mis propias preferencias, por supuesto. Algunas veces en un restaurante, cuando me doy cuenta, estoy mirando a una chica de la mesa de al lado a la mía porque me gusta la forma de su nariz.
Pero nadie puede insistir en que la chica perfecta se corresponde con algún modelo preconcebido. Aunque me gustan mucho las narices, no puedo recordar la forma de la nariz de ella, o incluso si ella tenía una. Todo lo que puedo recordar con certeza es que ella no era una gran belleza. Es extraño.
“Ayer en la calle me crucé con una chica perfecta”, le digo a alguien.
“¿Sí?” el dice. “¿Guapa?”
“No realmente”
“¿Tu tipo favorito, entonces?”
“No lo sé. No parece que recuerde algo de ella: la forma de sus ojos o el tamaño de su pecho”
“Extraño”
“Sí. Extraño”
“De cualquier manera”, él dice ya aburrido, “¿que hiciste, hablaste con ella? ¿La seguiste?”
“No. Solo me crucé con ella en la calle”.

 

 

Ella iba hacia el Oeste, y yo hacia el Este. Era una bonita mañana de Abril.

Hubiera deseado hablar con ella. Media hora hubiera sido todo: sólo preguntarle por ella, hablarle de mí, y – lo que más me habría gustado hacer -, explicarle las complejidades del destino que condujo a nuestro encuentro en una estrecha calle en Harajuku una bonita mañana de Abril de 1981.

Después de hablar, habríamos comido en cualquier sitio, quizás visto una película de Woody Allen, o parado en un bar de hotel para tomar unos cocktails. Con algo de suerte, podríamos haber acabado en la cama.

La potencialidad llama a la puerta de mi corazón.
¿Cómo me puedo aproximar a ella? ¿Qué le debería decir?
“Buenos días, señora. ¿Piensa que podría compartir media hora de conversación conmigo?”. Ridículo. Hubiera sonado como un vendedor de seguros.
“Perdóneme, ¿sabría por casualidad si hay una tintorería abierta las 24 horas en el barrio?”. No, igual de ridículo. No llevo ni ropa sucia, en primer lugar. ¿Quién va a creerse una cosa así?
Quizás, la simple verdad lo haría. ”Buenos días. Usted es la chica perfecta para mí.”
No, ella no lo creería. Incluso si lo creyese, ella no querría hablar conmigo.

“Perdón”, podría decir, “puede ser que sea la mujer perfecta para ti, pero tu no eres el hombre perfecto para mí.” Podría pasar. Y si me encontrase en esa situación, probablemente me querría morir. Nunca me recuperaría de ese shock. Tengo 32 y esto es lo que significa hacerse mayor.
Pasamos frente a una floristería. Una cálida, y suave brisa de aire toca mi piel. El asfalto está húmedo y siento el olor de las rosas. No me atrevo a hablarle. Ella viste un jersey blanco, y en su mano derecha sostiene un sobre blanco que carece de sello. Por lo que deduzco que ha escrito a alguien una carta, quizás estuvo toda la noche escribiendo, a juzgar por las ojeras en sus ojos. El sobre podría contener todos los secretos que ella hubiese tenido siempre.
Avanzo un poco más y me doy la vuelta. Ella se pierde entre la multitud.

Ahora, por supuesto, sé exactamente que debería haberle dicho. Habría sido un discurso largo, demasiado quizás para haberlo desarrollado adecuadamente. Las ideas que se pasan por la cabeza no son nunca muy prácticas.
Bien. Hubiera comenzado “Erase una vez” y terminado “Una triste historia, ¿no cree?”

Erase una vez, un chico y una chica. El chico tenia 18 años y la chica 16. Él no era especialmente guapo, y ella tampoco. Solo eran un hombre y una mujer solitarios como todos los demás. Pero ellos creían con todo su corazón que en alguna parte del mundo había un hombre y una mujer perfectos para ellos. Sí, ellos creían en un milagro. Y ese milagro ocurrió realmente.
Un día los dos se encontraron en una esquina de una calle.
“Esto es increíble,” él dijo “Te he estado buscando toda mi vida. No lo creerás, pero tú eres la mujer perfecta para mí.”
“Y tú”, dijo ella, “eres el hombre perfecto para mí, exactamente como te había soñado en cada detalle. Es como un sueño.”
Se sentaron en un banco del parque, se cogieron de las manos, y se contaron sus historias el uno al otro hora tras hora. Ellos ya no estaban más solos. Habían encontrado y sido encontrados por su pareja perfecta. Qué cosa maravillosa es encontrar y ser encontrado por tu pareja perfecta. Es un milagro, Un milagro cósmico.
Mientras conversaban sentados, sin embargo, una pequeña, pequeña sombra de duda enraizó en sus corazones: ¿Estaba bien que los sueños de alguien se hicieran realidad tan fácilmente?
Y así, cuando se produjo una pausa momentánea en su conversación, el chico le dijo a la chica: “Vamos a probarlo para nosotros una vez. Si realmente somos el amor perfecto del otro, entonces alguna vez, en algún lugar, nos encontraremos otra vez sin duda. Y cuando pase, sabremos que somos la pareja perfecta, y nos casaremos. ¿Qué piensas?”
“Sí,” dijo ella, “eso es exactamente lo que deberíamos hacer.”
Y entonces se separaron, ella fue al Este, y él al Oeste.
La prueba que habían acordado, sin embargo, era innecesaria. No la deberían haber realizado, porque eran real y verdaderamente la pareja perfecta, y era un milagro que se hubiesen encontrado Pero era imposible para ellos saberlo, jóvenes como eran.

 

Las frías, indiferentes olas del destino continuaron sacudiéndolos despiadadamente.
Un invierno, el chico y la chica cayeron enfermos de una terrible gripe, y después de luchar entre la vida y la muerte, perdieron la memoria de sus años más tempranos. Cuando se dieron cuenta sus cabezas estaban vacías.
Fueron dos brillantes y decididos jóvenes, sin embargo, y gracias a sus esfuerzos constantes fueron capaces de adquirir otra vez el conocimiento y el sentimiento que les posibilitó volver como miembros hechos y derechos a la sociedad. Gracias a Dios, se convirtieron en ciudadanos que sabían como utilizar el metro, o ser capaces de enviar una carta especial al correo.

También experimentaron el amor otra vez; algunas veces, como mucho al 75% u 85%.
El tiempo pasó con una rapidez espantosa, y pronto el muchacho tuvo 32 años, la muchacha 30.
Una preciosa mañana de Abril, en busca de una taza de café para comenzar el día, el muchacho andaba del Oeste al Este, mientras la muchacha, teniendo la intención de enviar una carta, andaba del Este al Oeste, los dos sobre la misma estrecha calle del barrio de Harajuku en Tokio.

Se cruzaron en el centro mismo de la calle.

El destello más débil de sus memorias perdidas brilló tenuemente por un breve momento en sus corazones. Cada uno sintió un retumbar en su pecho. Y ellos supieron:
Ella es la mujer perfecta para mí
El es el hombre perfecto para mí.
Pero el brillo de sus memorias era demasiado débil, y sus pensamientos ya no tenían la claridad de catorce años antes.

Sin una palabra, se cruzaron, desapareciendo entre la multitud, Para siempre.

 
Una triste historia, ¿no cree?

 

 
Si, eso es, eso es lo que debería haberle dicho.

 

 

 

Haruki Murakami.

Edgar Allan Poe, Jules Verne, Howard Philiphs Lovecraft… Tres de los mas importantes autores de la literatuta fantástica convergieron con alguna de sus historias en un único y terrible punto del mapa: El Polo Sur. Esta nota recorre el camino que hicieron estos autores al país del hielo eterno.

 


Una serendipia es un descubrimiento o un hallazgo afortunado e inesperado. Se puede denominar así también a la casualidad, coincidencia o accidente.

 

 

El término serendipia deriva del inglés serendipity, neologismo acuñado por Horace Walpole en 1754 a partir de un cuento tradicional persa llamado «Los tres príncipes de Serendip», en el que los protagonistas, unos príncipes de la isla Serendip (que era el nombre árabe de la isla de Ceilán, la actual Sri Lanka), solucionaban sus problemas a través de increíbles casualidades. Las versiones inglesas del relato provienen del libro Peregrinaggio di tre giovani figluoli del re di Serendippo publicado en Venecia en 1557 por Michele Tramezzino, según traducción de Christoforo Armeno.

 

El cuento se recoge en el libro de poemas de 1302 Hasht Bihist (“Ocho paraísos”) de Amir Kushrau.

 

 

La palabra serendipia se usó mucho en sus orígenes, pero fue cayendo en desuso. El término chiripa, mucho más utilizado en lenguaje coloquial, podría considerarse también como un sinónimo de serendipia, si bien se tiene como un modismo de uso no general en el mundo hispanoparlante, se usa con una connotación más bien festiva y se refiere comúnmente a casualidades o eventos fortuitos en la vida cotidiana, incluso a hechos intrascendentes.

 

 

En Las aventuras de Arthur Gordon Pym” escrito por Edgar Allan Poe en 1850, se cuenta la historia de un naufragio cerca de las islas Malvinas del cual quedan cuatro supervivientes. Acuciados por el hambre, sortean entre ellos a quién van a matar para comérselo, y pierde un grumete llamado Richard Parker. En 1884, una goleta británica naufragó cerca de las islas Sandwich. Quedaron cuatro supervivientes, y echaron a la suerte a quién debían matar para comérselo y sobrevivir. El desafortunado resultó ser un grumete llamado… Richard Parker.

 

 


La Antártida, desde su descubrimiento, fascinó a los hombres. En el siglo XVII el marino británico James Cook fue el primero en cruzar el círculo polar antártico. A partir de ese momento numerosos barcos se acercaron al continente hasta que el 7 de febrero de 1821 el marino estadounidense John Davis logró colocar su pie sobre la tierra (el hielo en realidad).

 
Las descripciones que llegaban eran muy llamativas: desiertos helados y atardeceres eternos convertían a la Antártida en un lugar realmente misterioso.

 

 

Las noticias sobre este nuevo continente llegaron a los oídos del brillante escritor Edgar Allan Poe, quien siempre se mantenía informado de las últimas novedades científicas (al fin y al cabo la geografía es prácticamente un ciencia).

 

 

Poe se sintió hechizado por el polo sur, el cual lo inspiró para escribir uno de sus primeros relatos Manuscrito hallado en una botella y posteriormente la novela Aventuras de Arthur Gordon Pym. A su vez la novela de Poe inspiró a otros dos grandes de la literatura fantástica, Jules Verne y H.P. Lovecraft, a escribir sus propios relatos antárticos (también el ignoto Charles Romyn Dake escribió una olvidada secuela de la obra de Poe).

 

Las Aventuras de Arthur Gordon Pym

 


Las Aventuras de Arthur Gordon Pym (Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket) fue originalmente publicado en entregas en el Southern Literary Messenger en el año 1837, solo 16 años después de que Davis pisara la Antártida.
Si bien apenas suma unas 200 páginas es la obra más extensa que escribió Edgar Allan Poe.

 

 

Las Aventuras… es un relato en primera persona, narrado por el mismo Arthur Gordon Pym. Este es un joven de espíritu aventurero que se embarca subrepticiamente en el barco del padre de un amigo.

 

 

Su vida de polizón se complica sobremanera cuando el navío sufre un motín luego de una serie de intrigas (evidentemente esta síntesis argumental está muy simplificada) Pym logra recuperar el control del barco en el cual sólo quedan otros tres sobrevivientes: August, Peters y Parker. En medio de una tormenta el navío naufraga y si bien se mantiene a flote sus ocupantes se quedan sin provisiones. Esto da lugar a una de las situaciones más horribles que se han llegado a ver en la literatura. Los sobrevivientes debieron recurrir al canibalismo para sobrevivir: mediante un sorteo, la elección de la paja mas corta, los navegantes decidieron quien debía morir para servir de vianda al resto. El perdedor resulto el desdichado Parker.
Finalmente el pecio es rescatado por la goleta Jane Guy con sólo dos sobrevivientes: Pym y Peters.

 
La Jane Guy era capitaneada por William Guy cuyo principal objetivo era investigar las zonas inexploradas cerca del polo sur. Hacia allí se dirigen con el barco, logrando cruzar la barrera de hielo y descubriendo una extraña isla habitada por salvajes de piel negra y un inexplicable terror hacia todo lo blanco. Estos se muestras muy amistosos, pero finalmente mediante una trampa logran asesinar a casi todo la tripulación de la Jane Guy. Solo se salvan Dirk Peters y Arthur Gordon Pym.

 
Los dos sobrevivientes logran mantenerse con vida y descubren en la isla una serie de curiosas inscripciones, finalmente logran hacerse de una canoa con la que se lanzan a la mar en donde encuentran una irresistible corriente que los empuja hacia el sur, hacia el polo.
A medida que acercan al fin del mundo todo el entorno va cambiando, se ve una enorme columna de vapor en el horizonte, el agua toma un tinte lechoso y se calienta, cae sobre le canoa un finísimo y pálido polvo, decenas de aves gigantes y blancas gritan ¡Tekeli-li, Tekeli-li!

 
Sin dudas lo más sorprendente es el final, transcribo textualmente:
Entonces nos precipitamos en el seno de la catarata, que se entreabrió como para recibirnos. Pero he aquí que, a través de nuestro camino, se alzó una figura humana de proporciones mucho mayores que las de ningún habitante de la tierra, con el rostro velado; el color de su piel tenía el blanco purísimo de la nieve.

 


Eso es todo, mas abajo sólo figura la explicación de que Pym falleció sin escribir los últimos tres capítulos de la historia, además hay una escueta explicación de las inscripciones halladas en la isla escritas en diferentes lenguas (árabe, etíope) y que sólo agrega mas misterio al asunto.

 

 

Hay quien dice que los mejores finales son los que dejan mas preguntas que certezas. Si aceptamos esto, Las Aventuras de Arthur Gordon Pym tiene uno de los finales mas brillantes que hemos leído.

 

 

Esta obra, bajo el aspecto de un simple relato de aventuras, entraña diversas implicancias que la alejan del carácter aparentemente evasivo de este tipo de literatura. Uno de los elementos más curiosos pasa por el terror a lo blanco,color que la tradición siempre le asignó valores de pureza y bondad.

 

 

La Esfinge de los Hielos

 


En abril de 1864 se publica Edgar Poe et ses euvres, firmado por un tal Jules Verne. Este escritor estaba dando sus primeros pasos y todavía estaba lejos el día en que lo bautizaron El Padre de la ciencia ficción. El ensayo mencionado no es otra cosa que un panegírico a la obra del escritor norteamericano: “Permitidme hablaros de ese hombre célebre y de sus obras; que ambos ocupan un lugar importantísimo en la historia de la imaginativa”.
Al final de este texto Verne escribe sobre el final de Las Aventuras de Arthur Gordon Pym: “Y el relato queda así interrumpido, ¿quién lo continuará? Otro más audaz que yo y más osado para internarse por los dominios de lo imposible“.

 

 

Treinta y tres años después (en 1897) a Jules no le faltaron ni audacia ni osadía para continuar la novela de Poe. Ese mismo año publicó La Esfinge de los Hielos (Le Sphinx des glaces) donde retoma la historia que “abandonó” Poe.

 

 

La Esfinge de los Hielos transcurre once años después de los sucesos acaecidos en Las Aventuras… En este caso el protagonista es un tal Jeorling, un geólogo norteamericano que no se sabe porque razón esta paseando por las islas de los mares del sur.

 
Este muchacho termina embarcado en la goleta Halbrane capitaneada por Len Guy hermano del difunto William, capitán de la Jane Guy donde había viajado Arthur Gordon Pym.

 
Len parte hacia el polo en busca de su hermano convencido de que estaba vivo. Resumiendo… diremos que lo encuentra. Según Verne el Capitán William Guy se salva de la emboscada de los nativos y puede sobrevivir junto a seis hombres en esa isla sureña. Mas retorcido resulta el final de Pym quien no habría vuelto de las regiones polares. El que volvió fue Dick Peters quien llevó consigo un cuaderno con notas escritas por Pym para que Poe hiciera su novela (La Esfinge… juega también sobre el eje ficción/no ficción que propusiera originalmente Poe).

 

 

Según Verne todo lo que vio Arthur Pym fue producto de su estado mental… es decir que en su voluminosa novela no hay vapor, ni aves gigantes, ni nubes de polvo. Así el padre de la ciencia ficción reduce a la enorme figura blanca que menciona Poe a un simple bloque de hielo con forma de esfinge y extrañas propiedades magnéticas.
Para saber que pasó con el pobre Pym tendrán que leer el libro.

 

 

Esta claro que Verne se dejo llevar por sus tendencias positivistas, racionalizando lo que Poe había dejado en el plano de lo fantástico. A pesar de que La Esfinge de los Hielos desvirtúa las aventuras de Pym y de que sin dudas se trata de una obra menor del brillante escritor francés, su lectura es muy entretenida y recomendable.

 

 

En las Montañas de la locura

 


El último capítulo de esta historia fue redactado por H.P. Lovecraft. El creador de la mitología de Cthulhu no continuó la obra de Poe sino que la reinterpretó, convirtiéndola en una parte mas de su ciclo de Cthulhu.

En 1931 Lovecraft escribe la novela corta En las Montañas de la Locura (At The Mountain Of Mandness), el relato de una expedición científica al polo sur enviada por la Universidad de Miskatonic.

 
Apenas llegan a la Antártida, los científicos descubre unas montañas de una altura increíble (mas de 10.000 metros) y junto a ellas unos fósiles antediluvianos de una raza desconocida aunque muy semejantes a las que figuran en algunos grabados del prohibido Necronomicón.

 
Luego de que algunos científicos murieran asesinados por una mano misteriosa, dos miembros de la expedición deciden cruzar en avión la cadena montañosa, descubriendo una ciudad construida cientos de siglos antes de la aparición del ser humano.

 
Mediante el desciframiento de una serie de bajorrelieves los investigadores lograron reconstruir la historia de los seres que edificaron esa metrópoli, descubriendo que los autores de esa arquitectura aberrante habías sido esos seres fosilizados que habían encontrado.

 

 

No avanzaremos demasiado en el argumento de esta historia, tal vez una de las mejores que escribiera Lovecraft, para no quitarle su magia. Sólo agregaremos que HPL le asigna el terrible grito ¡Tekeli-li, Tekeli-li! a estos seres: Los Antiguos.
Hacia el final de la historia Lovecraft escribe “Poe había debido recurrir a unas fuentes muy poco conocidas cuando estaba escribiendo Las Aventuras de Arthur Gordon Pym. Se recordará que en esa fantástica narración hay una palabra de significado desconocido, pero prodigiosa y terrible, y que gritan las aves gigantes, blancas como espectros de aquellas malignas regiones antárticas: ¡Tekeli-li, Tekeli-li! . Esto, debo admitirlo, es lo que creímos oír en aquel grito que venía desde esa niebla blanca “

 


¡Tekeli-li, Tekeli-li!

 


En pleno año 2000 se supone que el continente blanco esta totalmente explorado y catalogado. Se dice que decenas de expediciones han revisado y horadado los hielos más profundos. Hay quien afirma que no se han visto las montañas colosales que imaginó Lovecaft y los mapas se empeñan en mostrar que no se puede llegar navegando al polo, como afirmaban Poe y Verne.

 

 

Sin embargo en los últimos días circuló la noticia de que descubrieron una colonia de pingüinos gigantes (1,70 metros de altura). Si en todos estos años estos pingüinos lograron pasar desapercibidos existe la probabilidad, mantengamos la esperanza, de que algún día se escuche sobre los campos helados el terrible grito ¡Tekeli-li, Tekeli-li!.

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.

Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:

-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?

-¿Lleva usted poco tiempo en este país?

-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.

-Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.

-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.

-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.

-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.

-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.

-Por favor…

-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.

-Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?

-Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.

-¿Me llevará ese tren a T.?

-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?

-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?

-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna…

-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted…

-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.

-Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?

-Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.

-¿Cómo es eso?

-En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.

-¡Santo Dios!

-Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.

-¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!

-Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.

-¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!

-¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.

-¿Y la policía no interviene?

-Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.

-Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas contingencias?

-Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.

-Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.

-Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: “Hemos llegado a T.”. Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.

-¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?

-Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.

-¿Qué está usted diciendo?

En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.

-Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.

-En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.

-¿Y eso qué objeto tiene?

-Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.

-Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?

-Yo, señor, sólo soy guardagujas1. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: “Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual”, dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.

-¿Y los viajeros?

Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?

El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.

-¿Es el tren? -preguntó el forastero.

El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:

-¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?

-¡X! -contestó el viajero.

En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.

Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.

FIN

El Jardín de Senderos que se Bifurcan

DEUTSCHES REQUIEM

El país de las Últimas cosas

 

No es una novela de ciencia-ficción, aunque haya sido considerada así y tenga algún punto de contacto con esta modalidad.

Si bien se puede suponer que transcurre en el futuro, nada indica que el resto del mundo donde se sitúa el país de las últimas cosas sea distinto del nuestro.

Simplemente, es la versión degradada del mundo actual y funciona como un temible augurio de lo que podría sucederle (sucedernos). No sólo no hay seres extraterrestres (aunque este no es un componente imprescindible de la novela de ciencia-ficción), sino que no son necesarios porque el ser humano se ha vuelto la peor amenaza para sí mismo y está consumando la destrucción de su propia civilización: “La ciudad parece estar consumiéndose poco a poco, pero sin descanso, a pesar de que sigue aquí” (33). No hay enemigos exteriores porque el hombre es su propio enemigo. Es la propia dinámica interna del sistema la que lo lleva a su degradación.

 

 

Tampoco hay extrañas maquinarias futuristas porque en ese país, que podría ser el de todos (al menos, el de todos los habitantes del Primer Mundo y el de todos los que viven a su estilo), se ha perdido la capacidad creadora, como varias veces se dice en el texto. El enloquecido mecanismo de la sociedad de consumo parece haberse roto en ese mundo: en lugar de producir sin cesar nuevas cosas, estas desaparecen sin tregua. Al comenzar la novela, la peripecia (esa reversión de la suerte colectiva en este caso) ya ha ocurrido, pero no ha sido acompañada siquiera de una anagnórisis. Algo no ha cambiado en ese país: la enajenación continúa, sólo que ahora no es producto del consumismo, sino de la necesidad. En lugar del utilitarismo enajenado característico de la sociedad de consumo, encontramos lo que queda de él: el utilitarismo igualmente enajenado de la supervivencia. La insensibilidad y el egoísmo (con honrosas excepciones) también se mantienen. El mundo cambió; el ser humano, no. Lo único que ha pasado es que la miseria espiritual, disimulada habitualmente por el delirio consumista y sus espléndidos escaparates, se ha vuelto visible, se ha objetivado materialmente.

 

 

El país de las últimas cosas es la pesadilla y el castigo de la sociedad de consumo. Nada peor para la ahíta población del Primer Mundo que verse condenada a vivir como en el Tercer Mundo (aunque este ahora, con la desaparición del sistema comunista, haya “mejorado” su posición en el ranking y ascendido al segundo lugar). La sociedad de consumo no podía tener otro infierno que el del no consumo. Un infierno moderno, terrenal y carente de toda finalidad y trascendencia. Un infierno moderno que, coherentemente, hallará su expresión en una forma igualmente moderna (y postmoderna): no en una grandiosa epopeya trasmundana como la de Dante, sino en la mucho más modesta y antiheroica epístola-novela de una simple muchacha que, quizás, ni siquiera haya logrado retornar.

 

 

Por medio de su narradora, Auster nos adentra en un país fantasmal, habitado por los descendientes de los indiferentes de Dante que, a falta de bandera, siguen persiguiendo las cosas que antes podían sencillamente comprar y por las que ahora deben hurgar en la basura. Los consumidores han terminado en hurgadores, buscando lo que ahora precisan donde antes arrojaban aquello que, una vez agotada la compulsión del deseo inducido, les resultaba inútil. La falsa esencialidad de lo banal ha desembocado en la banal necesidad de lo esencial (para subsistir). Al igual que en la “Divina Comedia”, donde existía un vínculo simbólico entre el pecado y su castigo, en el infierno postmoderno de la Modernidad, que es el país de las últimas cosas, también lo hay: después de vivir en función de tantas cosas innecesarias, se peregrina, se lucha y se muere en pos de las imprescindibles. El exceso desenfrenado ha engendrado la carencia. Si el país de las últimas cosas existe, es porque el mercado murió de indigestión.

 

 

Ni valores, ni ideales, ni afectos. Los habitantes del país de las últimas cosas son como sombras sin identidad ni perspectivas a largo plazo. Tampoco tienen futuro, porque han perdido el pasado. De allí que el presente sea una pura inmediatez sin trascendencia. Puesto que el hombre de la Modernidad tardía y el de la Postmodernidad han delegado su ser en las cosas, y su historia también, al punto de que esta ha terminado convirtiéndose en la mera distancia temporal entre una compra y otra, no es de extrañar que se hayan quedado vacíos y sin memoria. La pérdida de las cosas acarrea la del ser y, con él, la del sentido de la historia. El exceso enajenante de cosas primero y su falta después han ocasionado un déficit ontológico. Si no se tiene no se es ni se puede recordar quién era uno. El deambular constante al que se asiste a lo largo de la novela es uno de los tantos indicios de que se han perdido las raíces del ser. Sin los objetos para los que han vivido, los hombres no saben quiénes son, ni adónde ir ni qué hacer, como no sea, claro está, buscar las cosas que aún no han desaparecido.

 

 

Los “últimos tiempos” del cristianismo, con su promesa de redención y significación plenas, se han degradado en el sórdido tiempo de las últimas cosas, donde no hay ni el asomo de una esperanza en la inminente llegada de una figura mesiánica y apenas si el atisbo de una ilusión de fuga. La salvación radica en la huida, no ya en la fe, inexistente por otra parte en ese mundo, con la sola excepción tal vez de Isabel: “Ya sé que la gente no habla más de Dios, pero yo no puedo evitarlo; pienso en él todos los días, le rezo cada noche…” (Anagrama, 1996, pág. 62). Ya nada llega del exterior, salvo algún periodista que pronto desaparece o su hermana que apenas si sobrevive.

Por su parte, la promesa comunista de una sociedad sin clases ha quedado apenas en una sociedad sin cosas. Y, en cuanto al progreso incesante del capitalismo, que habría de traer por inercia, la felicidad humana, ha desembocado en mera y sintomática tecnología de la muerte: “La ciudad está totalmente rodeada por los crematorios” (28); sus calles son recorridas por los “camiones de la muerte” (29) y “los fecalistas” recogen los desperdicios con que funcionan las usinas de energía: “Aquí la mierda y la basura son bienes importantísimos y, con los recursos de carbón y petróleo descendiendo a niveles alarmantes, éstos son los que nos proveen de gran parte de la energía que aún somos capaces de producir” (42). En el país de las últimas cosas, en el país de la Modernidad última, el progreso se ha vuelto una postergación apenas del retroceso y el hombre un mísero yacimiento, un mero productor de mierda con que alimentar las usinas, esos vestigios de aquel progreso futuro que ya es pasado. Nada más simbólico: las desmesuradas ilusiones de progreso con que se nutrió el hombre occidental moderno han terminado en defecaciones, en heces con que mantiene activos los signos ya vacuos de ese mismo progreso que, en lugar de estar al servicio de lo humano, se alimenta de él. En el país de las últimas cosas ya no hay más materia prima que el hombre. Por eso está prohibido enterrar a los muertos (189) porque son necesarios para mantener funcionando las usinas. Por olvidarse de sí mismo, el ser humano ha terminado siendo víctima masiva de sí mismo. Y al enajenarse en las cosas acabó transformándose en la última cosa.

 

 

Todas las utopías, tanto las antiguas como las modernas, son otras tantas cosas que han desaparecido en el país de las últimas cosas. Nada se espera del mañana en él; tan solo se apuesta a sobrevivir hoy. Por eso se vive para no morir o para morir de una vez. Puesto que el hombre moderno transfirió su ser y el sentido de la vida a la posesión de las cosas, y al haber perdido su descendiente postmoderno las fantasías utópicas compensatorias con que aquel se engañaba, no es de extrañar que existir se haya vuelto un no morir ahora o un desesperado deseo de morir ya. De allí la frecuencia de los suicidios, las clínicas de eutanasia y los clubes de asesinato que, al principio, llaman la atención de la narradora. En la ciudad llaman al suicidio “el último salto” (24) porque literalmente es así, lo cual no deja de ser sugestivo: morir saltando al vacío resulta la culminación lógica de una vida ya perdida en el vacío del sinsentido. En ese país sin arte, se pretende hacer del morir un arte. A falta de algo por lo que luchar y del coraje para intentarlo, se cultiva una rebeldía y una dignidad negativas. Los suicidas transforman en acción seudo-heroica su impotencia para ser héroes. Mejor dicho: para ser simplemente hombres. Una expresión más del tan mentado Yo débil propio del hombre postmoderno.

 

 

La narración homodiegética, a cargo de la protagonista Anna Blume contribuye a resaltar aun más el desamparo del individuo postmoderno. Para empezar, al no haber una narración exterior objetiva, se pone de manifiesto la dificultad para tomar distancia y tratar de manejar intelectualmente la situación. La condición de extranjera de la protagonista sugiere, en tal sentido, que las actitudes de vida y los fundamentos epistemológicos adquiridos (los heredados de la Modernidad) resultan inadecuados para enfrentar semejante experiencia. Ni el concepto de una realidad estable (“Cuando vives en la ciudad, aprendes a no dar nada por sentado”, 11; “Poco a poco, la ciudad te despoja de toda certeza, no hay ningún camino inmutable…”, 16), ni el sentido del tiempo y de la orientación (“¿Cuánto tiempo hace de aquello? Ya no puedo recordarlo…”, 12; “…hablando con franqueza, creo que he perdido el rumbo…”, 12), ni el hábito de la racionalidad (“Mi mente ya no es lo que solía ser. Ahora es más lenta, más perezosa, menos ágil y me agota profundizar hasta en el más simple pensamiento”, 50-51) le sirven de algo en medio de ese mundo desconcertante y hostil. Tampoco la memoria, en la que la Modernidad vio el fundamento de la identidad individual y colectiva y un instrumento imprescindible para proyectarse hacia el futuro a partir del conocimiento de los errores pasados. Por el contrario, se vuelve “una gran trampa” (51), ya que la debilita al hacerla consciente “de remordimientos, de decisiones erradas, de equivocaciones irreversibles” (51), carentes de utilidad por cuanto tuvieron lugar en una situación radicalmente distinta de la que ahora enfrenta. El pasado ya no tiene nada que enseñar en el contexto de un tiempo que ya no es proceso, sino mera yuxtaposición de fragmentos que no conducen a nada ni parecen provenir de nada. Cuando lo único a lo que se aspira es a “tener la oportunidad de vivir un día más” (205), entonces quiere decir que el presente se ha vuelto un absoluto (un ínfimo y fugaz absoluto, valga el oxímoron) que se agota en sí mismo, sin proyección ni memoria. De allí el desarraigo y la ausencia de proyectos que caracteriza al hombre postmoderno. Vive el momento sin poder soldarlo con nada que sea anterior a él y no le interesa imaginar tampoco cómo será su continuación.

 

 

En un mundo donde cada quien va a lo suyo y no hay otra meta que sobrevivir (“Lo más importante es sobrevivir”, 43), para lo cual es mejor no pensar, porque cualquier distracción puede resultar fatal (“Tus ojos deben estar siempre abiertos…; pendientes de otros seres, en guardia ante lo imprevisible”, 15-16), no puede extrañar que el individuo no encuentre asidero existencial ni intelectual alguno. Como se vive para el momento, nada permanece más allá de él. “Pero aquí todo pasa tan rápido, los cambios son tan súbitos que lo que parece cierto en un momento determinado ya no lo es al siguiente” (37). No hay verdad ni conocimiento posible entonces. Recordemos que no sólo desaparecen las cosas, sino su recuerdo. Por lo tanto, ¿a partir de qué se puede construir el conocimiento?

 

 

Sin otra realidad que el instante, sin poder ni querer elaborar nada a partir de él (ni una concepción mínima siquiera que haga de la sucesión un proceso), ocupado tan solo en sintonizar eficazmente con el momento para volverlo productivo, por lo cual no hay otro modo de existencia que la inmediatez ni otro modo de ser que la instantaneidad (hombre postmoderno, simultaneidad es tu nombre) e irremediablemente privado del otro, esa amenaza siempre inminente, los habitantes del país de las últimas cosas no pueden ser otra cosa que suspicaces fantasmas. Si hay algo que nunca desaparece en ese país es la desconfianza hacia el otro. Y con ella, se puede sobrevivir, pero no ser. Por eso Anna confiesa a su anónimo narratario (muda representación de todos nosotros): “Para vivir es necesario morir” (32). A sí mismo, a los demás, a todo lo espiritual. Sólo es posible sobrevivir con los restos si uno se vuelve un desecho. El país de las últimas cosas es la “exitosa” culminación postmoderna de la modernidad consumista: ya no son las cosas, sino el hombre mismo quien se ha vuelto desechable. Tanto que hasta se aplica a sí mismo el eslogan “Úselo y tírelo” saltando una y otra vez al vacío. En realidad, lo que Auster nos presenta en esta novela es el país de la alienación última, consumada (a fuerza de consumir) y perfecta.

Por eso Anna, la extranjera, la moderna que viaja al país donde la Modernidad se ha consumido, se encuentra perdida y a punto de sucumbir, esto es, de integrarse plenamente a ella, de ser consumida. Privada de todos los asideros modernos (realidad, objetividad, temporalidad, historicidad, conocimiento, comunicación y utopías) pierde, como era de esperar, esa íntima seguridad en sí misma que ha sido una de las características de la humanidad moderna: “Crecí demasiado rápido para mi propio bien y nadie podía decirme nada que yo no supiera de antemano” (51). Esto es mucho más que un simple dato caracterizador del personaje. Nos remite a la arrogancia del hombre moderno convencido de que todo lo podía y, en el fondo, de que la Modernidad era el último estadio de la evolución humana (por algo le dimos nombre tan fugaz y relativo a nuestra época), de que por el hecho de superarse continuamente a sí misma nunca podría ser superada, dejada atrás.

 

 

El viaje de Anna al país de las últimas cosas en busca de su hermano William es mucho más que un desplazamiento espacial, es, metafóricamente, un viaje en el tiempo, hacia la anti-utopía de la Modernidad, hacia la realización anti-utópica latente en los mecanismos deshumanizados del progreso moderno. La involución humana como reverso de un progreso material tan excluyentemente orientado hacia el consumo que ha terminado siendo devorado por este. El futuro no es visto como la soñada superación del pasado, sino como retorno a él y a etapas bastante primitivas de él. El hecho de que el traslado se haya llevado a cabo en barco (29), medio de transporte poco representativo de la Modernidad, funciona como indicio de que ese viaje implica un esfuerzo por remontar el tiempo, por recuperar al hombre de las garras de su propio progreso degradado. Se trata de encontrar al hermano desaparecido (¿a lo humano que se ha perdido junto con las cosas en las que creyó hallarse?), esto es, de restablecer la unidad. La naturaleza humana (la mujer) parte al rescate del espíritu (el varón) enajenado, perdido en otro lugar. El solitario viaje por mar (sintomáticamente es la única pasajera) anticipa otras soledades más radicales, a la vez que representa el impulso de superar la escisión. Impulso del que se nutre la voluntad de reencuentro, irracionalmente decidida a surcar todas las objeciones (del narratario, del editor), a navegar todas las inquietudes con tal de alcanzar su propósito. La aventura de Anna es la objetivación simbólica del agónico esfuerzo del individuo moderno por reencontrarse consigo mismo. Tarea en la que está absolutamente solo (única pasajera), entre “el agua y el cielo” (29), entre su reclamo profundo de ser y su desamparo metafísico.

 

 

A diferencia de Dante, Anna no tiene guías. No hay ya ningún poder trascendente capaz de proporcionárselos. En consecuencia, no hay tampoco un orden eterno. Por el contrario, todo en la ciudad es cambiante y engañoso: “muy pocas cosas son lo que aparentan ser” (30). Ni siquiera existe la dirección que tenía de William: “Lo que no sabía era que la calle ya no estaba allí” (30). Dante no buscaba una dirección ni una persona; iba en pos de una significación absoluta y definitiva, en cuya existencia ya de antemano creía. Se consideraba, además, encarnación individual de la aventura de todos (“nuestra vida”). Aun antes de que apareciera Virgilio, no estaba solo: era el representante de la humanidad cristiana e iba tras lo que todos creían. Un individuo, sí, pero doblemente trascendido y sustentado. Anna no se cree representante de nada ni de nadie, viaja a contracorriente del sentido común (cuyos voceros son el narratario y el editor) y no va en pos de una significación compartida, sino lisa y llanamente de su hermano. Ni siquiera cuenta con la experiencia acumulada de quien está “a la mitad del camino”: tiene 19 años (54) y pronto debe renunciar también a hacer preguntas para evitar riesgos: “Con el tiempo descubrí que hay ciertas cosas que no se preguntan, que incluso aquí hay temas que nadie quiere discutir” (34). La actitud indagatoria propia del hombre moderno no es bien vista en la Postmodernidad. El país de las últimas cosas es también, ¡qué duda cabe?, el cementerio de la Ilustración.

No hay guías tampoco porque en ese mundo no existe un conocimiento previo y superior que revelar. Y el que se intenta obtener desde afuera es un mero reportaje (el que fue a realizar William), esto es, desde una perspectiva simbólica, un pobre remedo de conocimiento, un saber acotado, superficial y fáctico. Ese reportaje jamás recibido (salvo unos “pocos informes breves”, 40) es la representación textual de la bancarrota del conocimiento moderno vista desde la Postmodernidad, para la que resulta a todas luces insuficiente. No sólo no es posible alcanzar un saber que abarque la totalidad del mundo (el reportaje no llegó porque William, tal vez, ni siquiera pudo realizarlo o completarlo), como los ilustrados y su heredero, el cientificismo decimonónico, creían, sino que además quizás ni siquiera resulte comunicable (tal vez hizo el reportaje, pero no pudo enviarlo). En este sentido, William puede ser considerado como el reverso moderno exacto de Dante personaje. Pasa al otro lado y no vuelve. No hay mensaje. No hay verdad o, si la hay, no es comunicable.

 

 

A su vez, el “trasmundo terrenal” funciona como un espacio sagrado invertido: no es un centro de significación, sino el vacío de ella. De la divinidad dispensadora del sentido no queda más que un gobierno despreciable, ocupado únicamente de recoger la basura y los muertos que, como ya vimos, son tan solo otra forma de basura. Un viaje de liberación y purificación como el que realiza Dante por el Más Allá cristiano no es posible en semejante mundo al punto que, una vez que Anna penetra en él, se convierte en su prisionera y se contamina de impotencia, desmemoria e indiferencia (“sólo puedes sobrevivir si aprendes a prescindir de todo”, 16). No en vano, sintomáticamente, quien fue a buscar a su hermano acaba como “trapera”, buscando objetos. Alienación, degradación, despersonalización. Estas son las tres “fieras” que acechan en el país de las últimas cosas, tres fieras que no atacan, sino que se infiltran, para devorar desde adentro. Y Anna está a punto de “perderse” a causa de ellas, de perderse como ser humano, de abandonar por el camino su identidad y convertirse en una de las tantas mónadas insolidarias que habitan la ciudad: “no me mezclaba con otros traperos ni hacía ningún esfuerzo por hacer amigos” (50). Y, sin el otro, no es posible seguir siendo uno mismo. La prueba está en que ignoramos su nombre hasta la página 73, es decir, durante todo el primer tercio de la novela. Sólo cuando se vincula a Isabel es mencionado su nombre y, precisamente, por dicho personaje. Lo que la hace ser es el reconocimiento del otro. Habrá que esperar hasta algo más allá de la mitad del relato para enterarnos de su apellido: Blume (114). Por primera vez, dice ella su nombre completo y esto ocurre cuando encuentra a Samuel Farr, el colega de su hermano, que también había venido, antes que ella, a buscarlo. En este caso, es la necesidad del otro, de ser admitida por el otro, la que la lleva a asumir su identidad. Decir quién es, identificarse, es un modo de instaurar el propio ser, de hacer nacer (o renacer) a Anna Blume de la trapera sonámbula en la que, casi desde que llegó, se dedicó a sobrevivir sin ser.

 

 

Ser uno mismo constituye una provocación en ese mundo de fantasmas y puede acarrear consecuencias muy desagradables. De allí que, por consejo de Isabel, Anna acepte a regañadientes cortarse el pelo, con todas las implicancias simbólicas que ello tiene: pérdida de energía vital, de voluntad combativa, de riqueza espiritual, de capacidad creadora. Felizmente para Anna, cuando hace eso ya ha encontrado a Isabel, por lo que esas terribles consecuencias resultan atenuadas. Con ella recupera la necesidad del otro y de entregarse a él: “una súbita sensación de piedad, una necesidad estúpida de hacerme cargo de esta mujer” (59). Si bien todavía asoma la fría perspectiva utilitaria del sentido común (“necesidad estúpida”), esta ya nada puede contra el sentimiento de responsabilidad por el otro, que es un modo de dar sentido al propio ser, así como de afirmarlo en la medida en que se atreve a trascenderlo.

 

 

Por eso, cuando Isabel muera, en lugar de desmoronarse, estará en condiciones de hacerse cargo de sí misma: “Una parte de mi vida se acababa y ahora tenía la oportunidad de empezar de nuevo, de tomar mi vida en mis propias manos y hacer algo con ella” (96-97). La fase más sombría de la alienación ha terminado. El encuentro con el otro le permitió volver a tomar posesión de sí misma. De allí que la muerte de Isabel se transforme en un mandato de vida, y de vida a su manera, no de supervivencia según exige el entorno. Por algo, Anna deja de ser trapera, de buscar objetos, porque ahora es dueña de sí. Por algo también, intenta dejar el país, retornar a su origen.

 

 

No es casualidad tampoco que, luego de la muerte de Isabel, Anna empiece a escribir su relato en la misma libreta azul que utilizó para intercambiar mensajes con ella en los últimos días de su enfermedad: “porque ella se quedó sin palabras, estas otras palabras brotan de mí” (93). Si gracias a Isabel se recuperó a sí misma, ahora debe escribir para que Isabel siga siendo a través de sus palabras. Al re-anudar los lazos con el otro, Anna redescubrió la continuidad de lo humano y por eso tiene ahora una historia que contar. La narración empieza cuando la historia renace, cuando la mera yuxtaposición se vuelve proceso. Porque reencontró al otro, puede escribir para otro. Y empezar a vivir no para el momento, sino para otro momento, el que cerrará el proceso y le dará sentido: el de la lectura. Se es con el otro y se significa por y para el otro. Anna ha decidido, sin saberlo, que el país de las últimas cosas no sea también el de las últimas palabras. Quizás sean las últimas suyas, pero si logra enviar el mensaje nunca serán las últimas, porque se volverán palabras de otro (el narratario), de otros (nosotros).

 

 

Mediante la narración, Anna deja de ser simple personaje alienado en el momento, desintegrado a cada momento. Por el contrario, se adueña de la experiencia, se hace consciente de ella y de sí misma, le imprime un orden (libreta azul, el color del cielo y, por lo tanto, del intelecto), transforma la discontinuidad en historia, el azar en mensaje. En un país estéril (“Ya no nacen más niños…”, 144), crea. Y si bien pierde el niño que engendró con Farr (no hay redención para ese mundo), demostró que es capaz de superar las distancias que el egoísmo alienado establece con el otro (recordemos que el apellido del personaje suena igual, en inglés, que la palabra “far”, lejos).

 

 

Al final de la novela no sabemos si el personaje logró retornar. Pero sí hemos recibido su mensaje y en eso radica su costosa victoria (la dignidad siempre es costosa, por eso no es bienvenida en la sociedad de consumo, que la considera gasto; así nos va). Al convertirse en narradora, Anna restableció la unidad que había ido a buscar entre vivencia (personaje) y conciencia (narrador). El texto es su hijo. Y es también la demostración más acabada de la indómita condición del ser humano. Porque en el país de las últimas cosas, Anna fue capaz de decir la última palabra.