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De La Poética del Espacio
Por Gastón Bachelard
Traducción de Ernestina de Champourcin, 2º edición, 1993.
Editorial: Fondo de Cultura Económica.

La Inmensidad, es, podría decirse, una categoría filosófica del ensueño.

(…) En el alma distendida que medita y que sueña, una inmensidad parece esperar a las imágenes de la inmensidad. El espíritu ve y revé objetos. El alma encuentra en un objeto el nido de su inmensidad. Tendremos varias pruebas de ello si seguimos los ensueños que se abren, en el alma de Baudelaire, bajo el signo único de la palabra vasto. Vasto es una de las palabras más baudelaireanas, la palabra que, para el poeta, señala más naturalmente la infinitud del espacio íntimo.

Se encontrarían sin duda páginas en donde la palabra vasto no tiene más que su pobre significado de geometría objetiva: “En torno de una vasta mesa ovalada. . .” se dice en una descripción de las Curiosidades estéticas. Pero cuando nos hayamos vuelto hipersensibles a dicha palabra, se verá que es una adhesión a una amplitud feliz. Además, si se hicieran estadísticas de las diversas aplicaciones de la palabra vasto en Baudelaire, nos llamaría la atención que el empleo de la palabra en su significado objetivo positivo es raro, en comparación con los casos en que esa palabra tiene resonancias íntimas.

Baudelaire, que siente tanta repugnancia hacia las palabras dictadas por la costumbre, Baudelaire que, particularmente, piensa con cuidado sus adjetivos evitando el tomarlos como una secuela del sustantivo, no vigila el uso de la palabra vasto. Esa palabra se le impone cuando la grandeza toca una cosa, un pensamiento, un ensueño. Vamos a dar algunas indicaciones sobre esta asombrosa diversidad de empleo.

El opiómano, para aprovechar el ensueño calmante, debe tener “vastos ocios” El ensueño es favorecido” por “los vastos silencios de la campiña”. Entonces “el mundo moral abre sus vastas perspectivas, llenas de claridades nuevas”. Ciertos sueños se sitúan “en la vasta tela de la memoria”. Baudelaire habla también de un “hombre entregado a grandes proyectos, oprimido por vastos pensamientos”.

¿Quiere definir una nación? Baudelaire escribe: “ciertas naciones… vastos animales cuyo organismo es adecuado a su medio”.

Y vuelve de nuevo: “Las naciones, vastos seres colectivos.” He aquí un texto donde la palabra vasto aumenta la tonalidad de la metáfora; sin la palabra vasto, valuada por él, Baudelaire hubiera tal vez retrocedido ante la pobreza del pensamiento. Pero la palabra vasto lo salva todo y Baudelaire añade: “Algún lector, algo familiarizado por la soledad con estas vastas contemplaciones, podrá prever ya adónde quiero llegar. . . “

No es mucho decir que la palabra vasto es, en Baudelaire, un verdadero argumento metafísico para el cual se unen el vasto mundo y los vastos pensamientos. Pero, ¿la grandeza no es acaso más activa del lado del espacio íntimo? Esta grandeza no viene del espectáculo, sino de la profundidad insondable de los vastos pensamientos. En sus Diarios íntimos, Baudelaire, en efecto, escribe: “En ciertos estados de alma casi sobrenaturales, la profundidad de la vida se revela por entero en el espectáculo, por corriente que sea, que uno tiene bajo los ojos. Se convierte en su símbolo.”

He aquí un texto que designa la dirección fenomenológica que nos esforzamos en seguir. El espectáculo exterior ayuda a desplegar una grandeza íntima.

La palabra vasto es también en Baudelaire la palabra de la síntesis suprema. ¿Qué diferencia hay entre las gestiones discursivas del espíritu y los poderes del alma? Se sabrá meditando este pensamiento: “El alma lírica da zancadas vastas como síntesis; el espíritu del novelista se deleita en el análisis.”

Así, bajo el signo de la palabra vasto, el alma encuentra su ser sintético. La palabra vasto reúne a los contrarios.

“Vasto como la noche y como la claridad.” En el poema del haschish, se encuentran los elementos de ese verso famoso, del verso que visita la memoria de todos los baudelaireanos: “El mundo moral abre sus vastas perspectivas, llenas de claridades nuevas.” Así la naturaleza “moral”, el templo “moral” llevan la grandeza en su virtud inicial. A lo largo de toda la obra del poeta, se puede seguir la acción de una “vasta unidad”, siempre dispuesta a unir las riquezas desordenadas. El espíritu filosófico discute sin cesar sobre las relaciones de lo uno y de lo múltiple. La meditación baudelaireana, verdadero tipo de meditación poética, encuentra una unidad profunda y tenebrosa en el poder mismo de la síntesis por la cual las diversas impresiones de los sentidos serán puestas en correspondencia. Las “correspondencias” han sido a menudo estudiadas demasiado empíricamente, como hechos de la sensibilidad. Ahora bien, los teclados sensibles apenas coinciden de un soñador a otro. El benjuí, fuera del goce fonético que ofrece a todo lector, no le es dado a todo el mundo. Pero, desde los primeros acordes del soneto Correspondencias, la acción sintética del alma lírica se pone a la obra. Incluso si la sensibilidad poética goza de las mil variaciones del tema de las “correspondencias”, hay que reconocer que el tema es por sí mismo un goce supremo. Y precisamente, Baudelaire dice que en tales ocasiones, “el sentimiento de la existencia está inmensamente aumentado”. Nosotros descubrimos aquí que la inmensidad en el aspecto íntimo, es una intensidad, una intensidad de ser, la intensidad de un ser que se desarrolla en una vasta perspectiva de inmensidad íntima. En su principio, las “correspondencias” acogen la inmensidad del mundo y la transforman en una intensidad de nuestro ser íntimo. Instituyen transacciones entre dos tipos de grandeza. No se puede olvidar que Baudelaire ha vivido dichas transacciones.

El movimiento mismo tiene, por decirlo así, un volumen dichoso. Baudelaire va a hacerlo entrar, por su armonía, en la categoría estética de lo vasto. Hablando del movimiento de un navío, Baudelaire escribe: “La idea poética que se desprende de esta operación del movimiento de las líneas es la hipótesis de un ser vasto, inmenso, complicado pero eurítmico, de un animal lleno de genio, sufriendo y suspirando todos los suspiros y todas las ambiciones humanas.” Así el navío, hermoso volumen apoyado sobre las aguas, contiene lo infinito de la palabra vasto, de la palabra que no describe, pero que da el ser primero a todo lo que debe ser descrito. Bajo la palabra vasto hay en Baudelaire un complejo de imágenes. Dichas imágenes se profundizan mutuamente porque crecen sobre un ser vasto.

A riesgo de dispersar nuestra demostración, hemos tratado de indicar todos los puntos de afloramiento donde aparece en la obra de Baudelaire este extraño adjetivo, extraño porque confiere grandeza a impresiones que no tienen nada de común entre ellas.
Pero para que nuestra demostración tenga más unidad, vamos a seguir todavía una línea de imágenes, una línea de valores que van a mostrarnos que en Baudelaire la inmensidad es una dimensión íntima.

Nada expresa mejor el carácter íntimo de la noción de inmensidad que las páginas consagradas por Baudelaire a Wagner. Baudelaire da, podría decirse, tres estados de esa impresión de inmensidad. Cita primero el programa del concierto donde se tocó la obertura de Lohengrin. “Desde los primeros compases, el alma del piadoso solitario que espera el vaso sagrado se sumerge en los espacios infinitos. Y ve formarse poco a poco una aparición extraña, que adquiere cuerpo y rostro. Esta aparición se precisa más, y pasa ante él la tropa milagrosa de los ángeles, llevando entre todos la copa sagrada. El santo cortejo se aproxima, el corazón del elegido de Dios se exalta poco a poco; se ensancha, se dilata; inefables aspiraciones se despiertan en él; cede a una beatitud creciente, al verse cada vez más próximo a la luminosa aparición, y cuando por fin el Santo Grial mismo aparece en medio del cortejo sagrado, se abisma en una adoración estática, como si el mundo entero hubiera súbitamente desaparecido.” Estos pasajes han sido subrayados por el propio Baudelaire. Nos hacen sentir la dilatación progresiva del ensueño hasta el punto supremo en que la inmensidad nacida íntimamente en un sentimiento de éxtasis disuelve y absorbe de algún modo el mundo sensible(…).

(…) Para Baudelaire, el destino poético del hombre es ser el espejo de la inmensidad, o más exactamente todavía: la inmensidad viene a tomar conciencia de ella misma en el hombre. Para Baudelaire el hombre es un ser vasto.

Así, en muchas direcciones, creemos haber demostrado que en la poética de Baudelaire la palabra vasto no pertenece realmente al mundo objetivo. Querríamos añadir un matiz fenomenológico más, un matiz que corresponde a la fenomenología de la palabra.

A nuestro juicio, para Baudelaire la palabra vasto es un valor vocal. Es una palabra pronunciada, jamás solamente leída, jamás solamente vista en los objetos con los cuales se la relaciona. Es de esas palabras que un escritor dice siempre en voz baja mientras la escribe. Lo mismo en verso que en prosa, tiene una acción poética, una actuación de poesía vocal. Dicha palabra resalta enseguida sobre las palabras vecinas, resalta sobre las imágenes, y tal vez sobre el pensamiento. Es una “potencia de la palabra”. En cuanto leemos la palabra en Baudelaire, en la medida del verso o en la amplitud de los periodos de los poemas en prosa, parece que el poeta nos obliga a pronunciarlos. La palabra vasto es entonces un vocablo de la respiración. Se coloca en nuestro aliento. Exige que este aliento sea lento y tranquilo y siempre, en efecto, en la poética de Baudelaire, la palabra vasto induce calma, paz, serenidad. Traduce una convicción vital, una convicción intima. Nos trae el eco de las cámaras secretas de nuestro ser. Es una palabra grave, enemiga de las turbulencias, hostil a los excesos vocales de la declamación. Se la quebraría en una dicción sujeta a la medida. Es preciso que la palabra vasto reine sobre el silencio apacible del ser.
Si yo fuera psiquiatra, aconsejaría al enfermo que padece de angustia, en el momento de la crisis, que leyera el poema de Baudelaire, repitiendo muy suavemente la palabra baudelaireana dominadora, esa palabra vasto que da calma y unidad, esa palabra que abre un espacio, que abre el espacio ilimitado. Esa palabra nos enseña a respirar con el aire que reposa en el horizonte, y lejos de los muros, de las prisiones quiméricas que nos angustian(…).

(…) Creemos haber demostrado que en un gran poeta como Baudelaire, se puede oír más que un eco de lo exterior, un llamamiento íntimo de la inmensidad.

 

Bachelard y la poesía

 

 

Gastón Bachelard, filósofo de la ciencia, abordó la creación poética a partir de un análisis fenomenológico, el cual le permitió observar lo primigenio del hecho. En la Poética del espacio (1957) y en la Poética de la ensoñación (1960) la poesía aparece como una voz perteneciente a todos. Al escucharla, no sólo nos transforma: puede llegar a curarnos.

 

 

En Bachelard, la defensa de la creación poética comparte la naturaleza existencial de la presencia del creador: no hace falta sino vivir el poema en sus repercusiones lingüísticas –y por tanto físicas– para entenderlo como algo más que un artefacto de la vanidad y el ocio o como el simple producto de un recuerdo. Tal creación hace eco inmediato en la subjetividad de quien lo lee o lo escucha, de quien al musitar cada una de sus formas y extremidades, se baña en sus palabras transformándose, a la manera de un bautismo.

 

 

Gastón Bachelard rechaza los psicologismos que intentan explicar las imágenes del poeta recurriendo a sus antecedentes: “El poeta no me confiere el pasado de su imagen y, sin embargo, ésta arraiga enseguida en mí”. Gran argumento contra los reduccionismos psicológicos pues, aun careciendo de los recuerdos del poeta, puede el escucha atender al poema como a una voz que le habla muy profundamente y le interpela de manera directa.

 

 

Pero, en un mundo de energías volcadas al crecimiento material ¿qué puede hacer la poesía por el hombre?

 

 

La creación poética no es una invención, producto del poeta. Sostener tal afirmación sería no solamente ir contra la tradición, la cual hace de la musa y de la inspiración el verdadero origen del arte, sino desatender al fenómeno mismo: si bien el artista es una escucha privilegiada, no es su voz la que nos habla: se trata de la voz, y su existencia mantiene a la poesía lejos de servir de objeto a interpretaciones estructuralistas, corrientes de pensamiento que niegan la existencia del individuo como agente de cambio, de un espacio para el sujeto, para su ser más allá de las ciegas fuerzas sociales y estructurales que comandan sus decisiones.

 

 

En la tradición de la poesía, tampoco existe un sujeto creador: tenemos a las musas. El poeta es solamente la vía de su expresión. Y el análisis de Bachelard no difiere de la tradición. ¿A quién pertenece la voz escuchada por el poeta? Y aún más ¿Existe entonces el sujeto de una voz propia? La voz poética tiene como uno de sus resultados más importantes, en el sujeto atento, el incremento inmediato de su individualidad.

 

 

Para Bachelard, en la Poética del espacio lo comunicado de un sujeto a otro son las ensoñaciones de la infancia, ensoñaciones de intimidad. ¿Y qué es la intimidad sino el intento de separarnos del colectivo, para forjarnos una individualidad distinta de quienes nos rodean? Toda ensoñación tiene como origen el espacio feliz. Cuando Bachelard examina las imágenes de tal espacio –acercamiento al que propone llamar topofilia–, lo hace a partir de cuestionarse cómo las cámaras desaparecidas de nuestra infancia se constituyen en moradas para un pasado inolvidable, espacios a partir de los cuales encontraríamos un principio de integración psicológica: “psicología descriptiva, psicología de las profundidades, psicoanálisis y fenomenología podrían constituir con la casa, ese cuerpo de doctrinas designadas por nosotros bajo el nombre de topoanálisis”. Y recuerda la manera en que C. G. Jung, en sus Ensayos de psicología analítica, pide a su lector considerar esta comparación: “Tenemos que descubrir un edificio y explicarlo: su pico superior ha sido construido en el siglo XIX, la planta baja data del XVI y un examen minucioso de la construcción demuestra que se erigió sobre una torre del siglo II. En los sótanos descubrimos cimientos romanos, y debajo de éstos se encuentra una gruta llena de escombros sobre el suelo de la cual se descubren en la capa superior herramientas de sílex, y en las capas más profundas restos de fauna glaciar. Ésta sería más o menos la estructura de nuestra alma”. Si bien la metáfora geológica es una invención de Freud para explicar la psique, esta variación nos remite a nuestra morada infantil, símbolo de los espacios creados y recreados durante la construcción de nuestra alma. Y debido a la fuerza de esta identificación Bachelard afirma: “en los poemas, tal vez más que en los recuerdos, llegamos al fondo poético del espacio de la casa. En esas condiciones, si nos preguntaran cuál es su beneficio más precioso, diríamos: la casa alberga el ensueño, protege al soñador, nos permite soñar en paz”. Por tanto la casa es uno de los mayores poderes de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños del hombre: “Y siempre, en nuestros sueños, la casa es una gran cuna”.

 

 

La casa natal es más que un cuerpo de vivienda; es un cuerpo de sueño y de imágenes que dan al hombre razones o ilusiones de estabilidad, sin la cual nos veríamos expuestos al terror antropo-cósmico, eco del hombre en situaciones primitivas. Si la poesía es ensueño, y éste tiene su bastión en la casa de la infancia, es porque en ella el poeta se ha forjado sujeto, erigido la capacidad de defender su ensueño de las ruedas realidades. La casa es refugio en donde el niño conduce su ensueño de intimidad, lugar en el cual puede ser, crearse un individuo distinto al de su familia, de los adultos deseantes de transformarlo en prolongación de sus identidades.

 

 

Aquí  cabe preguntarse: “¿Puede un alma intentar salvarse a sí misma?”. En el marco de un diálogo constante con el psicoanálisis, con el que Bachelard mantiene cierto conflicto cuando primero intenta reducir la imagen poética a una simple sublimación de deseos inconscientes, la pregunta no es ociosa. Después de todo, la ciencia desarrollada por Freud tiene como misión liberar al alma de sus problemáticas asfixiantes, de los deseos de los otros. Partiendo de la base de un inconsciente irreductible, Freud quizá respondería que todo intento del alma para salvarse a sí misma la hundiría aún más.

 

 

Aunque no todo mundo necesita un psicoanálisis –método para curar las almas invadidas por deseos ajenos con un pie puesto al cuello de los propios–, debe considerarse que la humanidad misma permanece insuficientemente individualizada. Necesitar del reconocimiento-servidumbre ajena para la propia dicha, más allá de la necesaria comunicación y enriquecimiento a partir del intercambio, es el principal síntoma de la enfermedad del colectivo, agravada terriblemente por el empuje materialista y de consumo. Una sociedad de filósofos era el sueño de Platón (y de Sócrates): hombres y mujeres felices que de aquello que se ofrece en los mercados no necesitaran gran cosa. Un mundo de poetas.

 

 

La imagen poética escuchada por el poeta y transmitida a sus escuchas atentos, tendría la naturaleza de una revelación: creación primigenia, libre de todo pasado. En su presente inefable, no existen deudas por cubrir: se trata de un nuevo comienzo a la manera del súper hombre que cobra conciencia de que ningún pasado puede atarle. Y si vivir la poesía es una toma de conciencia, debe existir por fuerza un crecimiento del ser, donde se vislumbra la capacidad humana para alcanzar la cura del alma. Pienso esto al modo en que Nietzsche pensaba la tragedia: en su época, los estudiosos se preguntaban las razones por las cuales sólo entre los griegos ella tuvo lugar como una institución de concursos y representaciones en las que participaron Esquilo, Sófocles y Eurípides, entre otros. Nietzsche respondió que la tragedia tenía como objetivo que los ciudadanos de la polis afrontaran la única verdad cierta entre los hombres: la muerte. La tragedia posibilitó a los griegos avanzar hacia un conocimiento profundo de la existencia humana. Pero soportar una representación trágica sólo era posible gracias a que los coristas cantaban y atenuaban el sentimiento trágico de la obra. Cuando Eurípides innovó la técnica representativa eliminando el Coro y desarrollando algo más parecido al teatro, condenó a la tragedia a la extinción.

 

 

Gastón BachelardGastón Bachelard

 

 

Pero entre nosotros aún existe la poesía (y el psicoanálisis). Para Gastón Bachelard, el poeta puede despertar conciencia con imágenes. Una ensoñación no se cuenta: se escribe, se lee, se repite y resuena en nosotros, nos comunica. El amor sería, en consecuencia, el contacto de dos  ensoñaciones: existe el amor escrito. Y es aquí donde encontramos en Bachelard la consideración más importante, la que nos hace afirmar la cura a través de la poesía: la imaginación intenta un futuro, factor de imprudencia que nos aleja “de las pesadas estabilidades”. Hipótesis de vidas que amplían la nuestra poniéndonos en confianza dentro del universo pues, en un mundo que nace de él, el hombre puede llegar a ser libre (ya lo había enunciado Giovanni Pico della Mirandola).

 

 

Es la poesía la llamada a llenar el lugar de la tragedia y a encararla, lo cual brindará al hombre el entendimiento de nuestra condición: todo hombre es un nosotros y las vivencias de los poetas, al repercutir el alma y transformarla, iluminan el camino que otros han recorrido para concebir entre la vida y la muerte, la vivencia del disfrute y regocijo de la existencia. La visión del placer y del dolor, del sacrificio pagado por ser y la reconciliación con la muerte. Y aun más allá: si, tal como señala Bachelard, la imaginación poética es el factor de imprudencia que nos aleja de las pesadas estabilidades y produce hipótesis de vidas que amplían la nuestra poniéndonos en confianza con el universo, la poesía elevada a categoría de enseñanza colectiva es el medio para lograr al súper hombre, no aquel pensado por Nietzsche desprendido de todo y de todos, sino uno que escuche la voz y comprenda su sentido al comunicarse con las cosas del mundo. Esa voz cuyo origen se nos escapa, pero que ha estado hablando y fijando la justicia de los lugares distintos desde que el mundo es mundo, lugares donde las almas pueden desarrollarse y hacerse libres. Un reencantamiento de los hechos más allá del bienestar material brindado por la ciencia. Tierra de hiperbóreos surrealistas, donde se haya alcanzado el equilibrio y el gozo de la poesía, “ese No-Yo mío que me permite ser feliz, liberado de la función de lo real”.

 

 

Referencias

 

 

-Bachelard, Gastón, Poética del espacio (Ernestina de Champourcin, trad.), México, Fondo de Cultura Económica, 2000).

-Bachelard, Gastón, Poética de la ensoñación (Ida Vitale, trad.), México, Fondo de Cultura Económica, 1982.

 

Texto Original: A del Toro Huerta